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junio 2012




Uno de los emblemas con mayor fuerza visual y simbólica del mundo es el escudo nacional de México. De profundo significado y definición (variable, como veremos, a través del tiempo), posee además una poderosa carga narrativa. Un composición figurativa de gran fuerza y armoniosa estética. Una escena natural que logra aunar leyenda, historia, sentimiento y raza. Un emblema con garra.

El escudo de México está inspirado en la leyenda azteca sobre la fundación de México-Tenochtitlan. Según se narra, los aztecas vivían tranquilos en Aztlán, actualmente Nayarit, cuando su Dios principal llamado Huitzilopochtli habló a los sacerdotes instando a los aztecas a abandonar Aztlán. Deberían partir a la búsqueda de una nueva tierra donde darían lugar a un nuevo pueblo que alcanzaría grandes riquezas y poder sobre otras comunidades. Sólo sabrían que habían llegado a aquella tierra prometida cuando encontrasen un águila posado en un nopal devorando una serpiente. Y cuenta la leyenda que después de aproximadamente 302 años de búsqueda encontraron por fin la señal en el valle de México, sobre un islote del lago de Anáhuac, donde fundaron su grandiosa capital, Tenochtitlán. 
Año 1867

Este hecho es considerado la fundación de México, siendo la representación de la profecía de Huitzilopochtli adoptada como símbolo nacional: el águila, de perfil izquierdo, erguida y posada sobre un nopal en medio de un islote, apoyada sobre su pata izquierda mientras con la pata derecha y con el pico desgarra una serpiente de cascabel.

El modelo vigente fue dibujado por el artista Francisco Epens Helguera y ratificado con su firma por los tres poderes de la Unión Mexicana, en la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz, quedando depositado en el Archivo General de la Nación, en el Museo Nacional de Historia y la Casa de Moneda.

El escudo desde su origen
El significado original de los símbolos era distinto al actual en numerosos aspectos: El águila era una representación del dios sol Huitzilopochtli, una deidad tan importante para los aztecas como que éstos se llamaban a sí mismos "el pueblo del Sol". La serpiente representaba la sabiduría y renovación de la vida, y su aparición guardaba connotaciones relacionadas con el dios Quetzalcóatl, la llamada "serpiente emplumada". El nopal, llamado 'tenochtli' en náhuatl, ha representado siempre la isla sobre la que se fundara Tenochtitlán. Sus frutos, las tunas rojas, simbolizaban para los aztecas el corazón de los hombres. El islote sobre el que se sitúa el nopal es el glifo de Copil hijo, Malinalxóchitl, primer sacrificado a Huitzilopochtli, según la leyenda azteca, ahogado en el lago de Texcoco. 

Año 1887
La historia de su uso como emblema nos lleva a la representación más divulgada de las numerosas águilas aztecas, la que se ha denominado Piedra del Escudo Nacional, o 'Teocalli de la Guerra Sagrada', una talla en piedra ejecutada con gran cuidado y maestría. Es una representación de un templo azteca con alfardas, escalinatas y un disco solar con dos dioses al frente. En su parte posterior está esculpida el águila que marca la leyenda de Tenochtitlán. Según los arqueólogos data de cerca de 1507 o 1508 y aparece en el Códice Mendoza.

Sin embargo, una revisión exhaustiva de los restos arqueológicos, pinturas, manuscritos y códices postcortesianos, muestra que no había una serpiente en la leyenda original. En algunas ilustraciones aztecas, como el Códice Mendocino, sólo se muestra un águila, mientras que en el Códice Ramírez, se cita que Huitzilopochtli ordenó a los aztecas encontrar un ave preciosa parada sobre un nopal. En el texto 'Chimalpahin cuauhtehuanitzin', el águila está devorando algo, pero no se menciona qué es. Incluso otras versiones muestran al águila agarrando el símbolo azteca de la guerra, el glifo 'atlachinolli', el "agua que arde".

En realidad, la escena del águila devorando a la serpiente habría sido considerada como impropia por aquellos mismos aztecas a quienes se pretende aludir. La historia del águila y la serpiente se derivó de una traducción incorrecta de la crónica 'Mexicayotl' de Hernando de Alvarado Tezozómoc. Se tradujo la frase náhuatl 'ihuan cohuatl izomocayan', "la serpiente silba", como "la serpiente es destruida". Basándose en este texto el padre Diego Durán reinterpretó la leyenda, de forma que el águila representaba el Bien mientras que la serpiente representaba el Mal y al pecado. A pesar de su imprecisión y tergiversación de la mitología precolombina, este significado fue adoptado al corresponderse con la tradición judeocristiana europea, siendo utilizado por los misioneros para la catequesis y conversión de los pueblos indígenas al cristianismo. El padre Durán la expondría generalmente por primera vez en 1582 para ilustrar su Atlas de la historia de los indios de la Nueva España e islas de Tierra Firme, y pronto fue adoptada por otros. No sería hasta la guerra de independencia que se usaría como escudo de armas.

Año 1916
Otra curiosidad desmitificadora hace referencia al ave del escudo, el águila real. Sin embargo, en un estudio de 1960 el ornitólogo mexicano Martín del Campo identificó al ave del códice como un 'caracara' o "quebrantahuesos", una especie de rapaz muy común en México (aunque el nombre "águila" es incorrecto, puesto que el 'caracara' es un tipo de halcón). De cualquier manera, el águila real se consideró como el águila mexicana para fines de representación oficiales, y por la misma razón se la considera como el ave oficial de México. 

Respecto a la serpiente, cuando el padre Durán la introdujo en su narración originalmente se trataba de una serpiente acuática. No fue si no hasta 1917 cuando fue representada como una serpiente de cascabel, por ser más común que las variedades acuáticas en las ilustraciones prehispánicas. Independientemente de esto, el diseño y coloración de la serpiente en el escudo moderno no corresponden con los de ninguna especie, siendo inspirados por una representación de Quetzalcóatl, la mítica serpiente de cascabel con plumas de quetzal. 

Significado actual 
Aunque los elementos principales del emblema de México permanecen a día de hoy, desde su adopción hasta el presente, al escudo nacional se le han atribuido gran variedad de significados. Estos que se detallan son los más comunes:

El águila real en actitud de combate devorando una serpiente de cascabel, representa al pueblo mexicano, e intenta mostrar que México, con su pose combativa, está listo para encarar los retos que la vida y el mundo le presenten.
Año 1934
La serpiente por su parte tiene un significado bastante obvio: representa al Mal y a los enemigos de la nación. Sin querer, el padre Durán se salió con la suya...

El nopal con cinco pencas sobre el que está posado el águila, que muestra además algunas inflorescencias. Cuenta con 32 espinas frontales que podrían representar los 31 estados de la Unión más el Distrito Federal, aunque este aspecto no ha sido reconocido oficialmente.

El islote tiene un listón con franjas de colores: el verde representa la esperanza y la victoria, el blanco simboliza la pureza de ideales y el rojo es deudo de la sangre que derramaron los héroes nacionales.

En la parte inferior hay una guirnalda, una corona abierta de ramas en forma de semicírculo, compuesta por ramas de roble al lado izquierdo, que simbolizan fuerza y determinación, mientras del lado derecho son ramas de laurel las que aluden a la gloria y la victoria de México.

Con el soporte de:
http://es.wikipedia.org
http://www.sitesmexico.com/mexico/escudo-mexico.htm 


Lejos de cualquier parte, aislados en la inmensidad de la nada, sometidos a la amenaza constante de indígenas hostiles, en pugna permanente contra la hambruna y el desamparo. Éstos eran los alicientes que esperaban a los guardianes de las fronteras norteamericanas de España, destacados en cualquier Presidio remoto.

Punta de lanza de una colonización que debía salvar el obstáculo de desiertos y soledades, añadidos a la lejanía de una administración mastodóntica, las siluetas de adobe y encalados tapiales de Presidios y Misiones emergieron en los solitarios páramos de Norteamérica como faro de conquista y civilización. Al izado de la Cruz de Borgoña sobre los horizontes del suroeste, nada volvería a ser igual.


UN FORTÍN EN MEDIO DE LA NADA
Los Presidios de Nueva España (división administrativa del México colonial) eran fuertes cuya misión era salvaguardar el territorio y efectuar campañas contra los indios hostiles que resistían la colonización o vivían del pillaje a los colonos. Su origen se remonta a finales del siglo XVI, cuando se dictaminó la construcción de una línea de puestos fortificados llamados Presidios (del latín Presidium, fortín, fortaleza), al norte de la ciudad de México para contener las incursiones de los indios Chichimecas

Eran los puestos más avanzados de la colonización, donde terminaban los caminos y las poblaciones, y donde empezaba la tierra habitada por los indios bárbaros. Contaban con tierras y ganados de explotación en su entorno, por lo que frecuentemente dieron lugar a poblaciones. Al desarrollarse éstas y neutralizar las amenazas a su progreso, los Presidios se fueron trasladando cada vez más al norte. 

De un modo similar, las Misiones religiosas implantaron conjunta y paulatinamente el control sobre el territorio: roturando campos, estableciendo ranchos, deslindando caminos, convirtiendo almas... Un siglo y medio más tarde del inicio de su implantación, la línea de Presidios y Misiones se extendía por todo el suroeste de Estados Unidos, desde Texas hasta California.


Representación ideal del alzado de un Presidio español
Los Presidios de la frontera se construyeron de piedra o adobe, o una combinación de ambos, generalmente de forma cuadrada de aproximadamente 120 mts. por lado, con bastiones salientes o torres en al menos dos esquinas opuestas donde colocar cañones para proteger sus flancos. Además, en algunos Presidios se puede distinguir un túnel con una salida oculta hacia el abasto de agua, que utilizaban para el caso de estar asediados por los enemigos. En general no resultaron construcciones muy sofisticadas puesto que únicamente se utilizaban para guarnecerse de los ataques indios, quienes utilizando armas rudimentarias nunca pusieron en peligro la construcción. Dentro de los Presidios vivían los soldados y sus familias, sacerdotes, oficiales y los indios incorporados como guías, contando con viviendas, almacenes, herrería, capilla, etc. El sistema de Presidios estuvo guarnecido por los llamados Soldados Presidiales. Se nutría con militares de carrera llegados de España, con españoles y criollos que habían participado en la lucha contra los indios y con naturales del país.


Pintura alegórica del Presidio de Tubac, Arizona
La máxima autoridad en el Presidio correspondía al Capitán, que sería español o de alguna otra nacionalidad europea aliada de la Corona, como irlandeses, valones, italianos... Además extendía su responsabilidad más allá de la tropa acuartelada, encargándose de pacificar el territorio, establecer alianzas con las distintas tribus, promover el asentamiento estable de éstas y, junto con los misioneros, convertirlos a la religión católica. Por eso era habitual encontrar en el mismo emplazamiento un Presidio y una Misión, o de otra manera, Soldados Presidiales destacados en pequeñas dotaciones en alguna Misión alejada para facilitar su defensa. 

Una vez el territorio se encontraba pacificado y los indios sometidos, la Capitanía del Presidio se esforzaba en dar protección a los colonos y seguridad a las comunicaciones. Para tal fin existían Compañías Volantes de soldados que recorrían constantemente los caminos y conectaban las poblaciones, Misiones, minas, rancherías y presidios, al tiempo que intercambiaban noticias entre las estancias.

Cada Presidio tenía una guarnición de entre 20 y 100 soldados, comunmente 50 y algunos exploradores indígenas, pero era raro encontrar a toda una compañía completa en el fuerte. Los efectivos de cada compañía se dispersaban en pequeños destacamentos cubriendo un sinfín de tareas. Además de la guarnición del Presidio, los Soldados Presidiales también se ocuparon de explorar el territorio, ayudar a establecer nuevas Misiones hasta con su construcción, guarnecerlas y escoltarlas ante las incursiones de los indios hostiles, proteger las caravanas de suministros, llevar el correo y los despachos oficiales, y realizar en general cualquier otra función que les fuese asignada por su Capitán o el Gobieno Provincial. En respuesta a la inspección oficial de un Presidio sobre las órdenes y misiones encomendadas a la tropa, un soldado respondió: "Tengo tantos deberes como si el diablo hubiese vencido a los ángeles!"...



Tiempo antes de que alguno de nosotros pudiese identificarla en los mapas, supiese de sus orígenes hispanos o reconociese la acusada personalidad de sus naturales, una serie de televisión llevó Texas a nuestro imaginario. No se trataba en aquel caso de una historia enmarcada en el territorio mágico de añejos 'westerns' en blanco y negro; al contrario, se nos presentaba entonces una ciudad moderna, rica y opulenta, de acristalados rascacielos y desatada prosperidad, para mostrarnos otra cara de Texas: el escenario magnífico de las desavenencias y luchas de poder dentro de una acaudalada familia.

Aquella ciudad era Dallas y ese clan no era otro que el de los Ewing, una casta ganadera convertida en multimillonaria por obra y gracia del negocio petrolífero familiar. La serie contaba las turbulentas relaciones dentro de la dinastía y su rivalidad con la familia Barnes (sobre todo en las primeras temporadas) desde el escenario principal de su residencia, el rancho Southfork, cercano a la ciudad de Dallas (Texas, Estados Unidos).


Aunque construída alrededor de la vida del clan familiar, el personaje central de la serie era John Ross II "J.R." Ewing, el primogénito del clan. Como palanca dinamizadora de lo que de otro modo pudiera haber sido una plácida convivencia, se presentaban las intrigas y maquinaciones de J.R., un villano caracterizado por su avaricia y ansia de poder, con un matrimonio infeliz y enfrentado a toda la familia por los más abyectos intereses. 

Tradición ganadera y pioneros en la modernidad
"Dallas", fue uno de los culebrones de referencia de los 80, cuando todavía no se hablaba de culebrones, si no de seriales televisivos, para ser exactos. Fue una de las series más vendidas a todo el mundo y doblada para su emisión en muchísimos países, consagrándose como una de las series dramáticas de mayor duración.

A finales de los 70 hicieron su aparición los telefilmes melodramáticos. En ellos, los humildes y bondadosos miembros de las familias televisivas de los 70, dejaron paso a corruptos personajes dominados por el poder y el sexo, consiguiendo captar la atención del público de aquella época. No dejaba de ser paradójico que este género cautivara a una sociedad en crisis, especialmente en Europa, (esto nos suena) como si contemplando a un grupo de millonarios destruyéndose entre sí, la gente con problemas hallase algún tipo de consuelo a sus propios conflictos. La fórmula que inauguró "Dallas" se repetiría hasta la saciedad en los años siguientes: una historia paralela de varias familias cuyos miembros no eran precisamente ejemplares y en las que los 'buenos' constituían la excepción. 

Con un reparto que reunía a veteranos secundarios de un lado y a jóvenes con cierta experiencia por otro, lo que convirtió a "Dallas" en un éxito fue su estructura narrativa: la sucesión de tramas entrelazadas tejiendo una historia  en torno a una familia tejana, los Ewing, millonarios del petróleo y el ganado. También se evocaba la magnificencia de "Gigante" de 1956, la película en la que actuaron Elizabeth Taylor y Rock Hudson con temas similares: mucho petróleo, ganado, dinero, poder e igualmente problemas familiares.



En estos y otros aspectos, la serie resultó pionera en el universo de las series de televisión. Un ejemplo son los famosos 'cliffhangers', el gancho final que deja en vilo la acción hasta el episodio siguiente, que se convirtieron en clásicos del género.

Por otra parte, su éxito fue tal y se mantuvo por tanto tiempo que los productores tuvieron que recurrir muchas veces a piruetas difícilmente concebibles para conseguir salir airosos de situaciones difíciles y dar continuidad a la trama, como en deserciones de actores o fallecimientos de algunos de los protagonistas. De los 5 episodios de que iba a constar inicialmente, se pasó a 13 y luego a 29, finalizando la 1ª temporada. En marzo de 1982 se emitió el episodio nº 100, y en noviembre del 85, se registraba la asombrosa cifra de 200 capítulos, hasta llegar a superar de largo los 300. 

Hubo algo que estuvo siempre fuera de discusión para los productores: Larry Hagman debía permanecer en la serie. Su personaje, J.R., con su sombrero tejano y su proverbial mala baba fue el emblema de "Dallas" y convirtieron a Larry en uno de los más aclamados malvados de la televisión.


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