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noviembre 2011

Donde se relata como unos aventureros levantaron una colonia en medio de los pantanos.

EL PRODUCTO
Imagine en el pasado una planicie tan grande como Europa Occidental flanqueada en sus extremos por dos cadenas montañosas de norte a sur y surcada por uno de los ríos más caudalosos del mundo. Una gigantesca pradera feraz de más de 3 millones de km2 con un enorme potencial para la agricultura y la ganadería, comparable en calidad a las tierras negras de Ucrania, pero unas 5 veces mayor.

Una vasta llanura virgen que podía comprender juntos los territorios de los actuales estados de Arkansas, Misuri, Iowa, Oklahoma, Kansas, Nebraska, Minnesota al sur del rio Misisipi, gran parte de Dakota del Norte, casi la totalidad de Dakota del Sur, el noreste de Nuevo Mexico, el norte de Texas, una seccion de Montana, Wyoming, Colorado al este de la divisoria continental, y Luisiana a ambos lados del rio Misisipi, incluyendo una ciudad portuaria como Nueva Orleans. Además, alcanzaría asimismo partes de las provincias actuales de Alberta y Saskatchewan, en el Canadá de nuestros días. 

Surcando esta extensión inmensa, casi plana, discurre la cuenca del río Mississippi, que nace casi en la frontera con Canadá y desemboca en el Golfo de México, cerca de Nueva Orleans, después de 3.700 km de recorrido. No es sólo la longitud del río, sino el agua que transporta: en un día de poco caudal, ese río arroja al mar 4.502 m3/segundo, y en un día bueno arroja 86.719 m3/segundo. Añada el factor de su escasa pendiente, un ridículo desnivel de 450 metros en esos 3.700 km de manso y pausado discurrir y tendrá una autopista fluvial de fácil navegación para vertebrar la región.



Este territorio, delimitado por las cabeceras de todos los afluentes de la margen izquierda del Mississippi hasta las Montañas Rocosas, aproximadamente el 23% de la superficie actual de los Estados Unidos, era el antiguo Territorio de Luisiana. A pricipios del siglo XIX lindaba al norte con las posesiones britanicas, al este con el río Mississippi y los incipientes Estados Unidos en su otra orilla, y al sur y al oeste con los territorios de España. Estaba poblada, aparte de las poblaciones indígenas, por alrededor de 50.000 personas de origen europeo, la tercera parte de ellas en Nueva Orleans.


¿Cuántos sacrificios podría costar, en oro o vidas humanas, mantener o hacerse con el control de semejante provincia?, ¿que naciones estarían dispuestas a pugnar por ella, sus límites o soberanía?, ¿cómo afectaría su posesión al equlibrio de poder entre las naciones de la época?. Intentaremos poner luz sobre estas cuestiones, pero vayamos por partes.

EL ALBA DE LUISIANA
El primer europeo en avistar la desembocadura del río Mississippi, al que bautizó como río del Espíritu Santo, fue el español Alonso Alvarez de Pineda, en 1519. Desde 1528 comenzaron a realizarse exploraciones con distinta suerte hasta que el extremeño Hernando de Soto, a la sazón gobernador español de Cuba y veterano de la campaña de conquista del Perú, organizó una expedición que desembarcó en la bahía de Tampa en 1539. De allí siguió adelante por tierra hasta encontrar el río Mississippi, que cruzó para alcanzar Arkansas en 1541. Al año siguiente, de regreso al río Mississippi, De Soto murió en lo que hoy es Luisiana y lo que quedaba de su contingente, al mando de Luis de Moscoso, navegó aguas abajo del río hasta el golfo de México. Se cree que fueron los primeros europeos en pasar por el sitio donde hoy se asienta Nueva Orleans.

Desde finales del siglo XVII los franceses, que habían colonizado una parte del Canadá, estaban muy interesados en hallar una salida al océano Pacífico; por este motivo, desde la Nueva Francia salieron sucesivas expediciones que llegaron a descender por las aguas del Mississippi hasta el golfo de México. Allí desembarcaron y reclamaron para Francia las tierras de la cuenca, bautizando la región con el nombre de Luisiana, en honor del rey Luis XIV. La posibilidad de controlar la ruta del comercio desde el Canadá hasta el golfo de México fue considerada de vital interés para Francia y su colonia más importante en el Nuevo Mundo, y se propuso crear otra colonia en Luisiana. 

El establecimiento de Natchitoches (a lo largo del río Rojo, en el actual noroeste de Luisiana) fue establecido en 1714 y es considerado como el más antiguo establecimiento europeo en Luisiana. Los asentamientos franceses tenían el propósito de detener el avance español desde Texas. También el final del Antiguo Camino de San Antonio (también llamado Camino Real) terminaba en Natchitoches. Pronto se convirtió en un puerto floreciente, con tierras algodoneras en las riberas del río. Con el tiempo, los hacendados desarrollaron inmensos latifundios y surgieron pequeñas poblaciones alrededor que empezaron a crecer. 

Esta dinámica se repitió en Nueva Orleans y otras ciudades, que ayudaron a la expansión y exploración de La Luisiana, basándose especialmente en el río Mississippi y sus tributarios, desde Nueva Orleans hasta la región llamada Illinois, en el actual San Luis (Misuri). En la década de 1720, numerosos inmigrantes alemanes se establecieron junto al Mississippi, en la región, que fue conocida desde entonces como conocida como la Costa Germana.

Inicialmente Mobile (Alabama), y Biloxi (Misisipi), funcionaron como capital de la colonia. Reconociendo la importancia del río Misisipi para operaciones comerciales y militares, Francia hizo de Nueva Orleans el centro de poder civil y militar en 1722. Más tarde, Luisiana fue dividida en dos regiones, conocidas como Alta Luisiana, que empezaba al norte del río Arkansas y tuvo como capital a San Luis, y la Baja Luisiana, que tendría como capital Nueva Orleans.

La parte superior de Luisiana (Haute-Louisiane), consistía sobre todo en grandes y fértiles llanuras. Tiene un clima extemado: cálido durante el verano con frecuentes trombas, y muy frío en invierno, ya que está bajo la influencia de corrientes de aire polar. En el siglo XVII, grandes partes del área estaban cubiertas de bosques, que supusieron una gran fuente de recursos para el comercio de piel. 

La Baja Luisiana (Basse-Louisiane) tampoco era una zona especialmente salubre y habitable. Su clima templado está marcado por huracanes en las regiones a lo largo de la costa del golfo de México que generalmente ocurren entre finales de verano y principios de otoño. El paisaje de esta área está caracterizado por sus muchos pantanos, con pantanos grandes en el Delta del río Misisipi y pantanos de acompañamiento, que comenzaron cuando los riachuelos y las corrientes se separaron del Misisipi para formar canales (bayous) largos, lentos, formando una red navegable de miles de kilómetros de agua.


De los intereses que se citaron para el Mayor Negocio de la Historia.

DOS VECINOS RUIDOSOS Y UN CASERO SENIL
Las 13 Colonias que en 1776 se unieron para declarar su independencia como país abarcaban una estrecha franja pegada a la costa oriental de los Estados Unidos excepto Florida. Los colonos ingleses, holandeses y alemanes que llegaron ahí desde el S. XVII se asentaron en una región limitada entre los Montes Apalaches y el Oceáno Atlántico pero desde los primeros tiempos de la colonia hubo exploradores que viajaron hacia el Oeste, cruzaron los Apalaches y alcanzaron el río Mississippi, emprendiendo la tarea de colonizar tanto el sur (hacia Florida) como el territorio entre el Mississippi y los Apalaches. Una vez consumada la Independencia en 1783, todo lo que era inglés pasó a formar parte de Estados Unidos y de un plumazo el Mississippi se convirtió en una frontera natural entre Estados Unidos y “otros países”, para denotar de esta manera ambigua a la parte Occidental del río, porque ni se conocía bien el terreno ni se podía identificar de una manera categórica a quien pertenecía.


Desde Europa se observaban las evoluciones de la nueva república con interés y displicencia. Gran Bretaña esperaba que vacilase y se fragmentase, sin dejar de alentar a las naciones indias para atacar a los colonos de los Estados Unidos. Francia, que había hecho causa común con ellos durante la Revolución Americana, tenía menos motivos para resentirse, y tenía menos interés material en el continente. Pero no tuvo reparos en la manipulación de su comercio para promover sus fines. España, todavía una potencia colonial a tener en cuenta, temía la expansión de los norteamericanos en sus colonias poco pobladas del norte. Los sagaces estadistas de la joven nación se dieron cuenta de que una sabia política exterior se basaba en una evaluación realista del poder europeo y en la forma en que se proyectaba sobre el propio interés de los Estados Unidos.

La ciudad de Nueva Orleans controló el río de Mississippi desde sus inicios. Nueva Orleans era ya importante a finales del siglo XVIII para el envío de mercancías y productos agrícolas desde la parte noroccidental de los Estados Unidos al oeste de los Montes Apalaches. Por el Tratado de Pinckney firmado con España el 27 de octubre de 1795, los comerciantes americanos obtuvieron (gratis total) “derecho de depósito” en New Orleans, o lo que es lo mismo, podían utilizar el puerto para almacenar las mercancías para la exportación. El tratado también reconoció el derecho americano de navegar el Mississippi, cada vez más vital para el comercio de sus territorios occidentales.

Mientras tanto se había producido la Revolución francesa y Napoléon Bonaparte, que ya se había enfrascado en sus primeras campañas por la dominación de Europa, se propuso también recuperar Luisiana. Bonaparte tenía hambre de establecer una importante presencia francesa en el Nuevo Mundo. Francia había sido expulsada de la rentable colonia de Santo Domingo (hoy Haití en el Caribe), que había suministrado en el pasado más de dos terceras partes de la materia prima para su industria azucarera. Restableciendo el control sobre la colonia rebelde se proponía disponer de un bastión desde el que proteger y abordar la colonización definitiva de la Luisiana. Originalmente había sido una posesión francesa, contaba todavía con una gran colonia humana en la zona y las relaciones de Francia con los nativos americanos seguían siendo fuertes. Por otra parte, miles de canadienses franceses se habían sido establecido en las fértiles tierras al Oeste del Mississippi.


En España reinaba Carlos IV. Tras haber tenido que ceder a Francia en la Paz de Basilea (1795) su parte de la isla de Santo Domingo, reanudó la anterior alianza con Francia en el tratado de San Ildefonso de 1796, por el que ambas naciones pactaron una alianza militar contra terceros países.

Bonaparte se encontraba sometiendo el norte de Italia, y el rey Carlos IV de España quería salvaguardar los derechos de sus parientes de la Casa de Parma con un territorio en Italia, aunque para ello tuviera que sacrificar algún territorio de su vasto imperio. El territorio salvaje de Luisiana, cedido por Francia a España en el tratado de Fontainebleau (1762) fue la contrapartida exigida por Napoleón. Según Livingston, enviado estadounidense a París, el primer cónsul vio en la colonización de la Luisiana “un nuevo Egipto, una colonia que equilibraría el establecimiento de los británicos en el Este“.

La amenaza de la cercanía de ese poderoso vecino planteaba un grave reto para la seguridad de los Estados Unidos: Francia y el Reino Unido proyectarían sus perennes e irresueltas rivalidades en Norteamérica, afectando así la estabilidad de la Unión y a sus perspectivas de prosperidad en el Oeste. La diplomacia estadounidense decidió entonces adoptar la política de demostrar “la preferencia que Estados Unidos daba a la vecindad con España sobre la de cualquier otra nación“

De no ser así, advertían: 
“Cualquier potencia, que no seamos nosotros, que posea el territorio al Oeste del Mississippi se convierte en nuestro enemigo natural“.


UN TRUEQUE TRUCADO
Finalmente, mediante la firma del 3º Tratado de San Ildefonso en 1803, Luisiana fue devuelta a Francia tras la presión ejercida por Napoleón Bonaparte. Desde la perspectiva histórica, el tratado fue claramente favorable a Francia: en aquella época, el territorio de la colonia española de Luisiana abarcaba una superficie 100 veces mayor que la de Toscana; a esta diferencia vendría a sumarse la pérdida española de Parma y la entrega a Francia de 6 navíos de guerra listos para el combate. Aunque no quedó recogido en el Tratado, la delegación francesa se comprometió a que en el caso de que Francia quisiera desprenderse de Luisiana, ésta sólo podría ser retrocedida a España y a ningún otro país. 

El desequilibrio del intercambio territorial fue debido sobre todo al deseo de los reyes de España de favorecer a sus hijos (el infante Luis, propuesto para rey de Etruria, era yerno de los reyes, por su boda con la hija de éstos María Luisa). El acuerdo sería duramente criticado por historiadores y contemporáneos, aparte de despertar las suspicacias del resto de colonias hispanoamericanas y promover el descontento de las élites criollas, que tomaron el canje por una prueba más de lo poco que importaban sus provincias a la metrópoli, dispuesta a servirse de sus destinos como un vulgar naipe siempre a merced del capricho Real. Con respecto a la valoración de los territorios intercambiados, Manuel Godoy, Primer Ministro de Carlos IV, aporta otro punto de vista desde sus Memorias:
"(Acerca de Luisiana) ...faltándonos los medios para procurarle un grande aumento en proporción con los demás dominios españoles de las dos Américas, no rindiendo utilidad a nuestra hacienda ni buscándola allí nuestro comercio, y ocasionando grandes gastos en dinero y en soldados sin ningún provecho nuestro, recibiendo en fin en cambio de ella otros estados, la devolución de la colonia lejos de ser un sacrificio, puede tenerse por ganancia.(...) Casi todo por hacer, un principio de vida solamente en aquellas regiones despobladas.
En la Toscana todo hecho, el cultivo perfecto, la industria floreciente, su comercio extendido, el clima sano y delicioso, las costumbres benignas, la civilización a un alto grado, país rico en monumentos y en prodigios de las artes, en preciosas antigüedades, en magníficas bibliotecas y en academias célebres; de habitantes cerca de un millón y medio; la renta del estado, por lo menos tres millones de pesos fuertes, sin ninguna deuda; su superficie cuadrada, seis mil quinientas millas".



Del mismo modo, no eran pocas las autoridades españolas interesadas en la cesión a Francia por motivos estratégicos, en la creencia que la fortaleza militar francesa convertiría a Luisiana en un territorio tapón entre España y los Estados Unidos. Sin embargo, la opinión general y pública no lo entendió así:
"Dícese que de resultas de un tratado ventajoso que hizo nuestro ministerio allá en San Ildefonso el año de 1800, tuvimos la gran fortuna de cambiar la provincia de la Luisiana nada menos que por el reyno de Etruria, sin otra adeala que dar seis navíos de línea "par dessus le marché". Creyóse entonces que los tales navíos iban allá para traerse embarcado el susodicho reyno; pero no sucedió así, porque desde entonces no hemos vuelto a ver ni reyno, ni navíos, ni Luisiana, ni Cristo que la fundó".

En esa época el presidente de EEUU era Thomas Jefferson, creador de la Declaración de Independencia, había sido embajador en Francia y guardaba simpatías por ese país. Poco después de que asumiese la presidencia en Marzo de 1801, su gabinete recibió información sobre el convenio secreto entre España y Francia. Esos rumores sobre la transacción desataron los temores de la administración norteamericana. Para ellos, era mucho mejor tener en el interior de América del Norte una nación de Europa en declive, como España, que una fuerte. Preocupados por las consecuencias que pudiese tener la cesión y procuraron obtener una información completa sobre el alcance de la operación entre los diplomáticos franceses y españoles en Washington, París y Madrid.

“Esta cesión está destinada a tener, y realmente puede producir, efectos lesivos para la Unión y la consecuente felicidad del pueblo de los Estados Unidos“.

Jefferson nombró al canciller Robert R. Livingston como ministro de los Estados Unidos en la capital francesa, con instrucciones para negociar con Francia, averiguar si la transacción había tenido lugar realmente y explorar, asimismo, las posibilidades de obtener la cesión de las Floridas. Puesto que se hizo evidente que el centro de los intereses estadounidenses era el puerto de Nueva Orleáns, Jefferson formuló una estrategia en el sentido de que si la transacción todavía no había tenido lugar, Livingston adquiriera las Floridas y Nueva Orleáns de las Españas a cambio de “garantizar su territorio allende el Mississippi“. Pero, en respuesta a la creciente certidumbre respecto a la cesión de la Luisiana, el presidente Jefferson lanzaba una advertencia:
“La cesión de la Luisiana trastoca completamente todas las relaciones políticas de Estados Unidos y constituirá una nueva época en nuestro curso político". 

LA LLAVE DEL RÍO
El objetivo de la negociación eran Nueva Orleans, el puerto crucial en la cabecera del río Mississippi y la llamada La Florida Occidental. "En el caso de esta misión, depende el destino futuro de esta república", afirmó. Los estadounidenses valoraron igualmente que la transferencia sería extremadamente peligrosa para el Reino Unido, pues “daría un poder ilimitado a su rival“ y sería una amenaza para las posesiones británicas en América del Norte y en las Indias Occidentales, por lo que también alertaron e influyeron ante Gran Bretaña.

“Hay en el mundo un solo lugar cuyo poseedor es nuestro enemigo natural y habitual. Es el puerto de Nueva Orleáns, a través del cual deben pasar al mercado los productos de tres octavas partes de nuestro territorio….Francia, colocándose en esa puerta, asume ante nosotros una actitud de desafío. España podría haberla retenido tranquilamente durante años“.

“...la ansiedad de los Estados Unidos por mantener la armonía y la confianza con la República Francesa, el peligro a que éstas estarían expuestas por los choques, más o menos inseparables, de una vecindad en tales circunstancias“. 

La guerra con Francia parecía inevitable para muchos estadounidenses a principios del nuevo siglo, pero la libre navegación del río Mississippi no podía ser obviada. El secretario de Estado James Madison advirtió que el río Mississippi lo era "todo" para los colonos occidentales. "Es el Hudson, el Delaware, el Potomac, y todos los ríos navegables de los Estados del Atlántico, formado en una sola corriente".

Jefferson creía que tratar de adquirir New Orleans por la fuerza sería arriesgado. Se esperaba que una nueva guerra entre Francia e Inglaterra condujesen a la venta de Nueva Orleans, sobre todo si Francia temía que los Estados Unidos se aliasen con Inglaterra, un punto que aconsejó enfatizar a sus diplomáticos. Al otro lado del Canal los diplomáticos y agentes americanos se hacían entender de esta guisa:
«La toma de posesión de la Luisiana nos sigue pareciendo una gran falta política de parte de Francia que debe provocar, a la primer guerra en la Europa, una ruptura entre Francia y los Estados Unidos y llevar a éstos y a Inglaterra a una alianza. Francia sólo permanecerá allí, dicen, el tiempo que pluguiese a los Estados Unidos; no creen que el asunto valga una guerra, pero será un acontecimiento que no se podrá evitar“.

Livingston solicitó formalmente información sobre la cesión, expresó su preocupación por el silencio oficial y propuso discutir algún tipo de acuerdo “para ayudar a las operaciones financieras de Francia y, mediante el establecimiento de una frontera natural fuerte, eliminar todas las causas de descontento entre aquélla y Estados Unidos“. Jefferson había ofrecido comprar por $ 2 millones sólo la región alrededor de la boca del río Mississippi, que incluía el puerto y la ciudad de Nueva Orleans.

Los intentos militares franceses por volver a tomar Santo Domingo, hechos a todo lo largo del año de 1802, aumentaron los temores entre los dirigentes estadounidenses, pues supusieron que una parte de las tropas sería distraída para ocupar la Luisiana. Delineando con claridad los elementos de su política exterior, Jefferson advirtió que la posesión francesa de la Luisiana:
“….que es emprendida como si nada, como un mero contrapeso en el arreglo de cuentas general, esta mácula que ahora aparece como un punto casi invisible en el horizonte, es el embrión de un huracán que se desatará en los países de ambos lados del Atlántico y abarcará en sus efectos sus más nobles destinos. La paz y la abstención de las interferencias europeas son nuestros objetivos, y así seguirá siendo mientras el presente orden de cosas en América permanezca sin interrupción“.

“La cesión de la provincia española de la Luisiana a la Francia, que tuvo lugar en el transcurso de la última guerra, modificará de tal manera la naturaleza de nuestras relaciones exteriores, si es puesta en práctica, que, sin duda alguna, tendrá una importancia adecuada en toda deliberación de la Legislatura relacionada con ese asunto“.

Puesto que la administración de Jefferson no podía poner en riesgo la adquisición de Nueva Orleáns, el presidente nombró a James Monroe, antiguo ministro en la Francia y gobernador de la Virginia, para emprender “el experimento de una misión extraordinaria…. (y) "ayudar en la salida de una crisis, la más importante que los Estados Unidos han enfrentado desde su independencia y que habrá de decidir su carácter y destino futuros“. En una sesión a puertas cerradas, también solicitó y recibió la autorización del congreso para emplear un par de millones de dólares “para comenzar una negociación con los gobiernos francés y español relativa a la compra de la isla de Nueva Orleáns y las provincias de la Florida Oriental y la Florida Occidental“. El congreso señaló:
“...esta solicitud (surgió) no de una disposición a aumentar nuestro territorio, pues ni las Floridas ni Nueva Orleáns ofrecen otros atractivos que su mera relación geográfica con los Estados Unidos “; aunque advirtió que llegarían a ser “ parte de los Estados Unidos, ya sea mediante la compra o mediante la conquista“.

 “...por la posición misma de nuestro país, por su forma geográfica, por motivos de independencia completa, el dominio de la navegación por el río debe estar en nuestras manos“.

A principios de Marzo del 1803, Monroe recibió instrucciones y partió con rumbo a la Francia. Para entonces, la combinación de varios sucesos ya había generado una actitud receptiva en la corte bonapartista. Los mejores soldados de Europa estaban sucumbiendo a la resistencia de los haitianos y las enfermedades en Santo Domingo y Bonaparte se empezó a dar cuenta de que su sueño de posesiones americanas estaba arruinando el Tesoro de Francia y sus otras perspectivas: "¡Malditas sean azúcar, café, ...malditas sean, malditas colonias". Con una guerra en ciernes contra Inglaterra, empezaba a cobrar sentido para Bonaparte vender Louisiana y utilizar las ganancias para invadir Inglaterra.

El éxito de los planes de Napoleón descansaba en la paz permanente con Inglaterra, la amistad con Estados Unidos, y una exitosa campaña en Las Antillas. Estos tres condicionantes resultaron fustrados. Los intentos militares por recuperar Santo Domingo habían fracasado y el mal tiempo había impedido la partida de más tropas expedicionarias; el gobierno galo enfrentaba una grave crisis financiera y la paz entre la Francia y el Reino Unido era cosa precaria y la reanudación de las hostilidades inminente; por lo demás, agentes norteamericanos se ocuparon de sugerir la amenaza militar de ocupar Nueva Orleáns y el establecimiento de una alianza anglo-americana como telón de fondo de las múltiples tentativas de Livingston por comprar Nueva Orleáns y las Floridas. Todas las consideraciones anteriores contribuyeron”en la crisis actual, a preparar en el gobierno napoleónico la disposición para prestar oídos a un convenio que, de una vez por todas, eliminaría una fuente de controversia extranjera“.

Francia decidió proponer una transacción que superaba las expectativas de los Estados Unidos: A través de Talleyrand ofreció todo el territorio de la Luisiana pues “sin Nueva Orleáns, el resto sería de poco valor“.

Aunque la respuesta inicial de los negociadores norteamericanos fue negativa al exceder ampliamente la oferta aquello que habían sido autorizados a firmar (tan solo se les pedía asegurar Nueva Orleans y el lado oeste de Florida), ante la posibilidad real de adquirir el dominio cabal sobre las dos riberas del Mississippi y su salida natural, los enviados estadounidenses decidieron más tarde prestar atención a la oferta y entablar las negociaciones sin esperar nuevas órdenes oficiales de su gobierno.

Después de dos semanas de negociaciones y discusiones de los borradores, el 30 de Abril de 1803 se firmó el Tratado de Cesión de la Luisiana. Poco después, París y Londres reanudaron las hostilidades.

(Continúa en


Donde se dice quién compró, quién vendió, quién prestó el dinero y quién se quedó fuera del Mayor Negocio de la Historia.

EL NEGOCIO
En el año de 1803 los norteamericanos hicieron el mejor negocio de toda la Historia, al comprarle el Territorio de Luisiana a Napoleón Bonaparte, entonces Primer Cónsul francés.

Luisiana se extendía desde el río Mississippi hasta las Montañas Rocosas y del Golfo de México hasta la frontera con Canadá, nada más y nada menos que 2.144.476 km2 (529.911.680 acres), cerca de 530 millones de hectáreas situadas entre los rios Mississippi y Missouri a un precio de alrededor de 3 centavos por acre (7 centavos por ha). El precio total de la que ha sido descrita como la oferta más grande de bienes raíces en la historia fue de 15 millones de dolares (unos 220 millones de hoy). El gobierno de los Estados Unidos pagó 11.250.000 dólares por el territorio y aceptó asumir las reclamaciones de los ciudadanos estadounidenses contra Francia por la cantidad en dólares americanos de 3.750.000. Con los intereses, el territorio de la Luisiana costo 23.213.568 dolares.

De acuerdo con los términos del tratado, la República Francesa cedía la colonia de la Luisiana tal como la había recibido de España conforme al tratado secreto de San Ildefonso, por lo que las fronteras permanecían sin definir y las Floridas quedaban excluidas del convenio. Sus habitantes serían incorporados a la Unión con garantías de que se protegieran su libertad, religión y propiedades. Durante un periodo de 12 años, los barcos franceses y españoles pagarían en Nueva Orleáns los mismos aranceles que los aplicables a los buques estadounidenses. El tiempo establecido para la ratificación fue de seis meses.

Cuando los negociadores Livingston y Monroe transmitieron los textos del tratado y las convenciones, también informaron al Secretario de Estado Madison sobre los detalles de las negociaciones. Como Francia no estaba dispuesta a conservar únicamente una parte del territorio, decidieron aceptar la oferta en su conjunto:
“...de esa manera, hemos buscado llevar a efecto, hasta el máximo de nuestras facultades, la prudente y benévola política de nuestro gobierno. La posesión de la margen izquierda del río, de haber sido alcanzable sola, habría, es verdad, logrado mucho en ese respecto; pero es igualmente cierto que habría dejado mucho por lograr. Mediante ella, nuestro pueblo habría tenido una salida al océano en la que ninguna potencia habría tenido el derecho de perturbarlo; pero, mientras la otra margen permaneciere en posesión de una potencia extranjera, podrían acaecer circunstancias que hicieren la vecindad con tal potencia muy perjudicial para nosotros en muchos de nuestros intereses más importantes“.

Esta negociación al abrir a Estados Unidos el acceso al océano Pacífico e incrementar de forma tan espectacular su territorio, constituye uno de los acontecimientos históricos de mayores consecuencias en la Historia universal de los últimos dos siglos. Cuando se les pasó el susto de esa gigantesca lotería que les había tocado, los norteamericanos empezaron a apreciar su suerte y a considerarse un pueblo elegido, uno que había sido favorecido especialmente por Dios y que tenía una meta diferente a la de las demás naciones; esta cuestión está en las raíces de la doctrina del Destino Manifiesto.

La compra fue crucial para la presidencia de Thomas Jefferson, aunque tuvo que enfrentarse a cierta resistencia interna por las dudas existentes acerca de la constitucionalidad de la adquisicion del territorio, distintos problemas acerca de su encaje en la nación y otros de índole política interna. Pero la mayoría de la nación aplaudió la compra. 


Se abrió el comercio en el río Mississippi y se sacó a una nación poderosa, una gran amenaza, desde el centro del continente sin derramar la sangre de un solo soldado. El General Horatio Gates calificó la operación como "el evento más grande y más beneficioso que ha tenido lugar desde la Declaración de la Independencia". Fue la medida más importante para "fomentar la paz y la armonía entre nosotros", según un político de Ohio, "desde el establecimiento de la Constitución"El Senado aprobó el tratado de cesión por una votación de 24-7, Jefferson ganó fácilmente la reelección en 1804, anotando una victoria de 162-14 en el colegio electoral. La adquisición pacífica y relativamente barata de Louisiana jugó un papel decisivo en su carrera política.

Luisiana permaneció bajo control español hasta el traspaso de la soberanía a Francia, que ocurrió finalmente el 30 de noviembre de 1803, apenas tres semanas antes del cesión a los Estados Unidos.

CONCLUSIONES
Inmediatamente a su obtención se organizaron expediciones con el objetivo de alcanzar la costa oeste y explorar la zona, la más famosa fue la Expedición de Lewis y Clark. También se pretendía recoger información acerca del número de españoles, franceses y amerindios que la habitaban, trazar rutas fluviales y otras circunstancias. Además, la compra de Luisiana favoreció la adquisición del territorio de Oregón, años más tarde.

La expansión de la frontera a que dio lugar la incorporación de Luisiana fue considerada como una búsqueda de oportunidades y progreso, e inauguró la aventura del Oeste, pues había que tomar posesión efectiva del territorio. Esta incesante y prolongada migración de gentes hacia el oeste, desplazó culturas ancestrales y oprimió a minorías étnicas de amerindios. En contraste, el período suscitó importantes avances en la industria, las comunicaciones y la agricultura, a costa de una intensa explotación de los recursos humanos y naturales. La doctrina del «destino manifiesto», una ideología que afirmaba que todos estos sucesos eran parte de un plan divino previsto para Norteamérica y el mundo, sirvió de coartada para la apropiación de nuevos territorios y el desplazamiento de los nativos... Pero, como suele decirse, "esa es otra historia".
Lo que sigue es un balance de qué obtuvieron las distintas naciones comprometidas con "el negocio". 

El vendedor   
Francia tenia prisa por deshacerse de esta colonia que había obtenido sobre el papel dos años atrás y que regida todavía por España aún no le había costado un franco. Al fracasar en su operación por recuperar Santo Domingo, declarado desde 1801 independiente de Francia, estaba imposibilitado para la buena defensa de la Luisiana desde este bastión. Asimismo soplaban vientos de guerra en Europa y Napoleón prefirió entonces vender la colonia a los estadounidenses y no correr el riesgo de perderla ante los ingleses, al tiempo que se hacía con una buena suma para financiar su Grande Armeé. Como dijo el mismo: 
«Esta venta no es un gran negocio para Francia, pero lo importante es que le daremos a los ingleses un competidor nuevo en su monopolio maritimo». 

El comprador   
Cuando Thomas Jefferson asumió el cargo en 1801 lideró una nación que ya había establecido una reputación para avanzar hacia el oeste, pero también una república plagada de divisiones políticas, especialmente en torno al alcance y la naturaleza del poder federal. Una de las grandes ironías de la compra de Luisiana es que un presidente que había hecho campaña para limitar el poder del gobierno federal, usó ese poder para duplicar el tamaño de la nación.

La adquisición de las tierras regadas por los ríos que desembocaban en el lado oeste del río Mississippi duplicó el tamaño de los Estados Unidos por tan solo unos pocos centavos por hectárea y sin tener que disparar un tiro. No sólo eso, también echó de su solar a un peligroso competidor y posible enemigo (Francia) y se preparó para quedarse con la mayor parte del edificio de Norteamérica septentrional que Europa llevaba construyendo desde hacía tres siglos.

Esta bendición inesperada se debió en gran parte a la casualidad pero también refleja las esperanzas, los planes y la sagacidad de los líderes de los EE.UU y su sociedad. Como ahora, también se plantearon preocupantes preguntas acerca de cómo una república que aspiraba a ser un modelo de moral para el mundo puede o debe hacer para transformarse en una potencia mundial. Esa inquietud vital, sustanciada por la razón, el interés general y la astucia, subrayada por la forma política de la joven república y alejada del capricho o las imposiciones del Viejo Mundo, son el origen de su éxito hasta nuestros días.

Henry Adams, el notable historiador y crítico jeffersoniano, calificó la compra como: 
“...un acontecimiento tan portentoso que desafía toda medida; dio un nuevo rostro a la política y figuró en importancia histórica junto a la Declaración de Independencia y la adopción de la Constitución--acontecimientos de los que era el resultado lógico--, pero, en cuanto asunto diplomático, no tuvo paralelo porque casi no costó nada“.

Después del éxito de la operación, James Monroe, secretario de Estado norteamericano, solicitó instrucciones a Jefferson para abordar el futuro de las Floridas, todavía en poder español y sugirió intercambiarlas por una parte de la Luisiana próxima a Méjico, con lo que dio comienzo otro capítulo más en la Historia del expansionismo territorial estadounidense y del desalojo hispano de Norteamérica.

El banquero
El gobierno de los Estados Unidos utilizó tres millones de dólares en oro para empezar a pagar la compra a Francia, y el resto en bonos del Tesoro. Debido a la inminente guerra contra el Reino Unido, los bancos franceses no querían comprar ni negociar con bonos americanos. Por lo tanto, los diplomáticos americanos Livingston y Monroe recomendaron las casas Baring, de Londres, y Hope, de Amsterdam, para que garantizasen la transacción ante el gobierno francés. Como tenían la reputación de ser las dos firmas financieras más estables de Europa, y puesto que Napoleón quería recibir su dinero con la mayor brevedad posible, el ministro francés de Finanzas, Barbé-Marbois, negoció con los dos bancos por convertir los bonos que Francia quería recibir en metálico. Nada más recibir los bonos americanos, el gobierno francés los vendió a Baring y a Hope con descuento. El documento original de la compra de la Luisiana estuvo expuesto en el vestíbulo de entrada de la sede del Barings Bank, en Londres, hasta que esta entidad quebró en 1995, y ahora lo guarda la entidad ING Group, que compró Barings.

La compra de Luisiana no dio lugar a enfrentamiento alguno con Gran Bretaña, sus banqueros ganaron por el préstamo del dinero a los Estados Unidos y se sintió aliviada de desplazar a Bonaparte de Norteamérica.

El desahuciado    
El gobierno español se sintió resentido y trató de resistirse a la compra con argumentos sobre la legalidad del acuerdo y los mal definidos límites del territorio, ya que predijo con exactitud las consecuencias para su imperio. En respuesta al trilero de Napoleón podría haberse ofendido de manera más notable tras lo sucedido... la alianza rota, su flota puesta en contra en vez de a favor... pero nada de eso ocurrió. Todo quedó en una tímida pataleta respecto a la promesa incumplida de reintegrar a España el territorio o darle una opción preferente en caso de abandonarlo Francia. Un lustro más tarde de la operación, Napoleón invadía la Península Ibérica y secuestraba a la Familia Real española...


Paradójicamente, España todavía no había cedido oficialmente la propiedad y administraba de ordinario el solar de Luisiana, con lo que en vísperas de 1804 tuvieron que celebrarse bochornosas ceremonias de traspaso de soberanía a Francia por sus principales enclaves, sólo por la formalidad de que los galos, que tres años después de los acuerdos de San Ildefonso todavía no habían aparecido por allí para hacerse cargo de la colonia, tuviesen algo más que un papel para entregar a los nuevos dueños de la región.

Aún con la vasta Luisiana en su poder, miles de colonos de los Estados Unidos continuaron llegando al Valle Bajo del Río Mississippi en las primeras décadas del siglo XIX, y los comerciantes y agricultores de la joven nación presionaron cada vez más estrechamente contra los asentamientos españoles en Texas, Nuevo México y Arizona. En un deseperado intento por detener el avance y la ocupación por colonos incontrolados de los territorios anexos a la frontera, que se habían intensificado durante la Guerra de La Independencia en España con el beneplácito del gobierno norteamericano, se firmaron distintos tratados sobre límites con EE.UU., hasta el definitivo de Adams-Onís en 1819. Por él, se transfirieron todas Las Floridas a los Estados Unidos, a cambio de una renuncia de éstos sobre Tejas, fijar el límite de la zona central entre las dos naciones y el pago de 5 millones de dólares, cantidad que nunca llegaron a pagar sino que deducieron para abonar las reclamaciones de ciudadanos estadounidenses contra España, por algunas insurrecciones ocurridas en La Florida con anterioridad.

Poco tiempo después México obtenía su independencia de España y las mismas dificultades con los Estados Unidos que España había encontrado. Los colonos anglo-americanos en Texas ganaron sin quebranto su independencia en 1836, para servir de excusa una década después, en 1846, a que los Estados Unidos arrebatasen con la fuerza de las armas más de la mitad norte de México.


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