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Corría 1987, días de inmortalidad y noches de color en la Era del Vinilo. Como para toda una generación, el Rock & Roll copaba todos los sentidos. Un día de tantos, mejor una noche, THE DEL LORDS se cruzaron en el camino. Hoy, su semblanza y el hallazgo de su último trabajo merecen la atención de este blog y la suya.

Como decía, fue en uno de aquellos lances nocturnos que THE DEL LORDS hicieron saltar nuestras alarmas entre el martillo y el yunque. Sonidos garajeros, contundentes y resolutivos, pero sobre todo rabiosamente frescos. ¡Tan frescos como una crujiente lechuga!. ¿Una muestra? "Judas Kiss" fue un fenómeno mundial gracias también a este vídeo.






DEL LORDS no son fronterizos al uso sino urbanitas resabiados de la Gran Manzana, con un ojo puesto en 'Dixie' y otro en California. Unos venían del punk y otros del rock urbano. Alguien les etiquetó como los 'Beach Boys' de la Costa Este y nos da que se quedó corto. Con más acierto les encuadraron luego en el denominado nuevo rock americano, junto a otras bandas de semejante ralea que andando el tiempo volcarían sus influencias en un nuevo género: la americana music. Desde los míticos ochenta hasta ayer por la tarde, ellos han estado ahí todo este largo tiempo, como un tarro de mermelada de frambuesa. A un 'pop' se destapan las esencias del rock & roll y el blues, del country y el folk, con un denominador común: rock prístino, melodioso y elegante.








Scott Kempner, Manny Caiati, Eric Ambel y Frank Funaro son los culpables de esta eficiente receta rockera, absorbente, pegadiza y clamorosamente intensa. Arrancaron allá por 1984 con "FRONTIER DAYS", donde mostraron sus credenciales en temas que llegarían a clásicos del grupo como "Get Tough" o "Heaven". La voz solista de Scott Kempner y la pulcritud guitarrística de Eric Ambel se convirtieron en enseña de la banda. Les conocimos a fondo en su segundo trabajo "JOHNNY COMES MARCHING HOME", para perderles la pista tras "BASED A TRUE STORY", allá por 1988. Hasta hoy.

Como muchos buenos grupos que triunfaron a finales de los 80, en plena fiebre rockanrrolera, Los DEL LORDS no tuvieron suerte en sus trabajos posteriores ni cosecharon repercusión significativa en los medios. Como muchos de aquellos, los neoyorkinos encontraron refugio en el tramado de actuaciones en garitos de mala muerte y esperaron que escampase sin dejar de perseverar en el rock. Así hasta "ELVIS CLUB", fresquito y recién salido del tarro este 2013, donde Funaro, Kempner y Ambel recuperan el fulgor emocionante de los tiempos en que invitaban a levantar la birra sobre la barra en la emoción que significa disfrutar de los acordes de una banda de Rock' n' Roll, sin artificio, pegatinas ni campaña de marketing. Solo rock, una espita de sones conectando y expresando otra forma de sentir y comunicarnos.


Si comparte esta sensibilidad no deje pasar un momento más sin escuchar y dejarse llevar por la música de THE DEL LORDS. Canciones como "When the Drugs Kick In", "All of My Life", "Chicks, Man" o "Letter (Unmailed)" le resultarán mil veces más convincentes que cuanto pueda esforzarme en contarle de ellas. Reconocerá enseguida o descubrirá por primera vez el tono de Scott Kempner, comprobará cómo Eric Ambel se emplea a fondo en temas del calibre de "Me and the Lord Blues", "Flying" y la versión de Neil Young, "Southern Pacific".

Ha pasado el tiempo. Todos lucimos bastante más viejos; algunos más sabios, otros más desencantados. Los DEL-LORDS, con la habitual frescura marca de la casa, destapada en cada tema de éste magnífico y reluciente "ELVIS CLUB", se ocuparán de que unos y otros pasen a reconectarse al rock, se agiten en la emoción y muevan sus caderas como si esta noche se subiesen de nuevo las persianas del viejo local.


Ahora, escuche sin salir del blog y al completo el álbum "ELVIS CLUB" de THE DEL LORDS.






                                                                            Una colaboración de Pilar Alonso Márquez



Dice un viejo proverbio Cherokee: "El mundo está lleno de historias que de cuando en cuando merecen ser contadas." La Leyenda de la Rosa Cherokee, corolando el drama del pueblo nativo americano a través de la amarga ruta conocida como el Sendero de las Lágrimas, es una de ellas.

UNA NACIÓN AMERICANA
Cherokee deriva de la palabra Choctaw 'Tsa La Gi' que significa "pueblo de la tierra de las cuevas". Ellos se llamaban a sí mismos 'Ani-Yunwiya', 'los seres humanos'. Historicamente, los Cherokees eran de etnia iroquesa y habían ocupado los territorios el sureste de los Estados Unidos, en las dos Carolinas, Georgia, Alabama y Tennessee.

Según llegaban los colonos europeos, los Cherokees comerciaron y se mezclaron con ellos. Adoptaron algunas costumbres europeas y gradualmente fueron cambiando su modo de vida por una economía agrícola, mientras comenzaban a ser presionados para abandonar sus poblados tradicionales. Durante la Guerra de Independencia (1776-1783), lucharon en el bando de los ingleses, pensando que de obtener la victoria, recuperarían las tierras que ya les habían arrebatado los colonos. Pero no fue así. Al finalizar la contienda cada estado americano asumió prerrogativas para ocuparse a su manera del tema indio.

Para 1819 alrededor de un 90 por ciento de la propiedad de sus tierras había sido cedida a colonos blancos. Socialmente los nativos Cherokees iban siendo asimilados con relativa facilidad y armonía; tenían un alfabeto de escritura para su idioma y su propio sistema de gobierno formal al estilo federal con una constitución escrita. Pero aún había quien pensaba que poseían demasiadas tierras, que éstas debían permanecer a los colonos y que los Cherokees jamás podrían pertenecer a la Unión. Entre ellos destacaba Andrew Jackson, que asumiría la presidencia de los Estados Unidos en 1829. 

Todo cambiaría para los indígenas en 1830. El estado de Georgia sacó a sorteo para los blancos la propiedad de la tierra que aún restaba a los Cherokees, junto a concesiones para iniciar prospecciones auríferas. Acto seguido se les denegó la posibilidad de iniciar negocios tribales, contratos, testificar en juicio contra blancos o extraer el oro. Aparte de robarle sus tierras, se trataba de expatriarlos para que no estorbasen los intereses del gobierno, por lo que muchos optaron por emigrar a otras tierras, lejos de la presión de los blancos. 


Los Estados Unidos vieron en la generalidad de las naciones indígenas bajo su soberanía un freno a su progreso y expansión, aparte de una fuente de problemas de toda índole. El medio que eligieron para atajarlo fue la deportacion masiva de las poblaciones nativas, desde sus territorios seculares a la otra orilla del Mississippi, donde no estorbasen sus intereses ...de momento. Aquel territorio fue llamado la Frontera India Permanente.

En 1830 el congreso aprobó el Acta de Expulsión de los Indios para forzar a los Cherokees que aún quedaban en Georgia y al resto de naciones indígenas del sureste a desplazarse al oeste del Mississippi. Para fingir apariencia de legalidad, en diciembre de 1835 los Estados Unidos utilizaron a una minoría de entre 300 y 500 Cherokees para establecer un tratado en New Echota, Georgia; ninguno de ellos era representante elegido de la nación Cherokee. Mediante la firma del tratado por 20 de ellos, el pueblo Cherokee cedió todo el territorio Cherokee al este del Mississippi a los Estados Unidos. Más de 15.000 nativos Cherokees protestaron contra este tratado ilegal. Así y todo, en mayo de 1836, el Tratado de New Echota fue ratificado por el senado por sólo un voto.

UN CAMINO DE ESPINAS
Los Cherokees trataron de llevar su caso a los tribunales sin éxito. El 26 de mayo de 1838 se ordenó que todos los Cherokees debían abandonar las Smokey Mountains y marcharse a lo que más tarde sería Oklahoma. Las familias fueron separadas y los ancianos y enfermos sacados de sus hogares para abandonar definitivamente sus tierras. La gente sólo tuvo unos instantes para reunir sus pertenencias. John Burnett, uno de los soldados que formó parte de la dotación que acompañó a los Cherokees, dejó constancia de aquel viaje: "Nadie podría olvidar la tristeza y la solemnidad de aquella mañana. El Jefe Cherokee John Ross elevó una plegaria y cuando sonó la corneta y la caravana se puso en marcha, muchos niños se giraron y dijeron adiós con la mano a sus montañas, sabiendo que las abandonaban para siempre".

Mientras se procedía a su expulsión en caravanas vigiladas se les confinó en el interior de fortines empalizados, al tiempo que para protegerles de los colonos blancos que llegaban a Georgia como moscas a la miel, al saqueo de todo cuanto los Cherokees se habían visto obligados a dejar atrás: tierras, casas, ganados, enseres... 

La concentración en los fuertes en condiciones miserables resultó un horrible cautiverio. La comida destinada para la tribu era vendida por la guarnición al mejor postor de los blancos. Lo poco que habían llevado consigo los Cherokees era robado y vendido, sus habitáculos resultaron sucias cuadras y cobertizos, las mujeres y niños padecieron repetidamente la violencia. Desde su posición preeminente los soldados sumieron a sus cautivos en la peor esclavitud, en medio de crímenes horrendos y salvaje racismo. Un miembro de la guardia escribiría más tarde: "Durante la guerra civil ví morir a cientos de hombres, incluyendo a mi propio hermano, pero nada de eso es comparable a lo que hicimos a los indios Cherokee". Algunos Cherokees fueron forzados a vivir en estas condiciones hasta 5 meses antes de empezar el viaje llamado 'Nunna Daul Tsuny', el sendero del llanto, la Caravana de las Lágrimas.

Aunque había programado un calendario de deportación en varias etapas, el hallazgo de oro en los Apalaches precipitó el inicio de la marcha, que comenzaría en el otoño de 1838. Bajo el mando del general Winfield Scott, mal equipados, sin mantas, en muchos casos sin zapatos, con escasez de alimentos y en un estado físico deplorable, se les obligó a hacer un viaje de 1000 millas, 1700 kms, desde Georgia hasta Oklahoma, territorio indio, en pleno invierno. 

El gobierno había suministrado menos de 700 carros para todos, por lo que la mayoría tuvo que hacer el camino a pie. La mujer del jefe John Ross escribió antes de morir de pulmonía: "Mucho tiempo viajamos de camino a la nueva tierra. El pueblo siente mucho dejar nuestro país. Las mujeres lloran y lanzan tristes gemidos, los niños lloran y muchos hombres lloran... pero no dicen nada, bajan sus cabezas y continuan hacia el oeste. Pasan los días y muchos mueren". Un superviviente contó como su padre enfermó y murió; luego moriría su madre y más tarde, consecutivamente, cada uno de sus 5 hermanos. "Uno cada día. Ahora todos se han ido."

SOÑANDO ROSAS
Con la caravana por el Sendero de las Lágrimas, en 1838, comienza la Leyenda de la Rosa Cherokee. En medio de los lamentos y llantos de las madres incapaces de ayudar a sus hijos a sobrevivir al viaje, los ancianos rezaron a sus espíritus por una señal que las animase y diese fuerzas para seguir. 

La leyenda cuenta que entonces, al paso desgarrado de la comitiva Cherokee, una hermosa flor comenzó a florecer en los lugares donde habían caído las lágrimas de las madres. Una rosa blanca por cada una de sus lágrimas, de dorados estambres por el oro robado de las tierras Cherokees y siete hojas en cada tallo por cada uno de los siete clanes Cherokee. Desde entonces la Rosa Cherokee crece a lo largo de la ruta de la Caravana de las Lágrimas hasta el este de Oklahoma

Se estima que entre 1830 y 1850, unos 100.000 indios americanos que vivían entre Michigan, Louisiana y Florida fueron conminados a mudarse al oeste, después de que el gobierno de EE.UU. les impusiese tratados o emplease el ejército para reprimir a cuantos se resistieron. Muchos fueron tratados brutalmente, otros llevados encadenados. Se estima que 3.500 Creeks murieron en Alabama y en su viaje al oeste. En cuanto a los Cherokees, al finalizar del viaje, el 26 de marzo de 1839, cerca de una quinta parte de la nación había muerto durante el camino, de frío, hambre o enfermedad. Los supervivientes lo llamaron 'el Sendero de las Lágrimas'.



"No te pares al lado de mi tumba y solloces.
  No estoy ahí, no duermo.
  Soy un millar de vientos que soplan
 y sostienen las alas de los pájaros...
  No estoy ahí, no he muerto".
(Poema Cherokee)


Y así, un estado formado 50 años antes bajo la premisa de que "...todos los hombres son creados iguales, y son dotados por su creador con unos derechos inalienables, entre ellos el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad..." bajó brutalmente el telón sobre una cultura indígena cuyo mayor crimen fue compartir con ellos el aire, la tierra y los días. 
La Rosa Cherokee es hoy la flor del estado de Georgia.


Una colaboración de Pilar Alonso Márquez




La Frontera es también un lugar caótico e infecto, como bien se esfuerza en demostrar la realidad cotidiana. En los confines del cine negro clásico, la mente privilegiada de Orson Welles llevó a la pantalla una historia de ambiguedad y corrupción que trasladó las sombras del crimen al sórdido avispero de la Frontera

Welles consiguió reescribir y dirigir 'Sed de Mal' en 1958, por mediación de Charlton Heston, cuando su papel inicial no estaba destinado más allá de interpretar al desconcertante comisario Quinlan, quizás el primero de tantos patibularios representantes de la Ley que luego poblarían las fronteras cinematográficas. 


Como alguien dice en la película, las naciones orillan hacia sus fronteras lo peor de sus sociedades, y tal sería el caso de este polizonte, que en ninguna otra cloaca pudo medrar del mismo modo. Fue debido a su caracterización y al pulso rompedor de Orson Welles, interpretándole y dirigiendo la película, que la Frontera tomó a partir de entonces su oscura dimensión: el lugar turbio en el que el bien y mal se entremezclan fatalmente, el tenebroso límite donde las apariencias engañan y toda clase de sabandijas encuentran acomodo. 

El inicio de la trama no puede ser más fascinante. Arrancando con el maravilloso plano secuencia más célebre de la historia del cine, Welles nos lleva en volandas a través de tejados, avenidas y calles, desde el lado mexicano al estadounidense, sin pestañear, entre un sinfín de paseantes, figurantes y carritos de venta ambulante. Palpitando a un ritmico tic-tac  y la pegadiza melodía de Henry Mancini, el último crimen en la Frontera aguarda tras el checkpoint.  




La secuencia, un reparto espectacular y la singular trayectoria de Orson Welles encumbran la película a la categoría de mito, no exenta de discusión. Es evidente que arrancando desde la intensidad de este magistral punto de partida no es fácil mantener una tensión similar a lo largo de todo el metraje. Aunque para nutrirla el excesivo Welles no escatime en efectos y recursos, auxiliado por la atmósfera asfixiante de la fotografía de Russell Mety y la partitura latin-jazz de Mancini, la historia se muestra unas veces inconstante y otras absurdamente previsible. En otras ocasiones, la cocina del guión debe recurrir a curiosos giros para cerrar la trama. Es cine clásico, sin llegar a alcanzar la profundidad una novela policíaca. 

Hay todo un estudio de sombras detrás de cada plano, en noches tan oscuras como el alma misma del catálogo de frikis con que se va encontrando el bienintencionado Vargas (Charlton Heston). Mención especial merecen los actores secundarios, un reparto de pandilleros cuyo retrato sabe a poco, en especial algún personaje femenino. A favor de la película, las primeras figuras se desempeñan con soltura en auxilio de una historia donde nada es lo que parece. Ni siquiera ellas mismas. 

Como Charlton Heston, el héroe hecho busto, tuneado de mexican, soberbio desde su óptica de poli bueno. Él será nuestro introductor a este prefabricado enclave fronterizo hollywoodiense. A sus espaldas descubriremos la ponzoña que se ha venido ocultando tras el despotismo de Hank Quinlan. Por su parte Janet Leigh, todo primor y candidez, vive su primera experiencia sórdida en un motel, ensayando el papel de víctima aterrada que desarrollará más tarde a su paso por Casa Bates. Incluso la diva Dietrich pierde su rubio teutón por tomar la apariencia de gitana fronteriza (...), un detalle aludiendo al mundo hispano quizás para añadir carga sobrenatural a una dimensión ya de por sí bastante esquizofrénica. Su última aparición no viene a cuento.


Pese al buen trabajo de todas ellas, el imán de la película sigue siendo Orson Wells, su protagonista y director, un magnífico ególatra por otra parte. Todo nos conduce a su pontificado, bien encaramado a lo alto de la grúa o jugando al escondite con luces y sombras, bien bajo la sebosa fachada del desquiciante comisario Quinlan

Frente a la rectitud moral y estética de Heston, Orson Welles se recrea en la penumbra moral de su personaje, un abyecto tipejo que ha prosperado enquistado en las costuras de la Ley. Orondo, grasiento, sudoroso y hasta pestilente, nada escapa a su control en este universo confeccionado por los vicios y delitos que todos prefieren dejar a su criterio. Hank Quinlan es 'Sed de Mal', un corrupto que fracasa en invocarnos a la ternura desde la soledad del monstruo. Su maldad solo tiene parangón con su torpeza, incluso en el modo de desplazarse, pues su característica cojera hace que Quinlan parezca arrastrarse como la rata que ciertamente es. En el último desafío intentará conservar una posición preeminente ante la fiscalidad del recién llegado Vargas, un reputado competidor y una incómoda presencia alterando el reinado de Hank Quinlan por primera vez en mucho tiempo.

Esto es 'Sed de Mal' a nuestro modo de ver, la preciosa obra que vino a finiquitar el cine negro clásico. Aunque de negro tenga más sombras que trama, es una delicia redescubrir el magnífico trabajo de director y equipo para componer nuevas perspectivas al discurso y los personajes fronterizos.




Que una carta tarde casi un mes en llegar a su destino es, en nuestros tiempos, poco menos que anecdótico. Pero en el Lejano Oeste de mediados del siglo XIX era lo más corriente. Cualquier documento con destino a California, fuese una ley, una noticia o una simple carta de amor, debía recorrer un territorio en gran parte inexplorado y lleno de peligros. Y eso cuando el documento viajaba en diligencia, cuando no lo hacía en barco y se veía obligado a rodear el continente antes de arribar a las manos de su destinatario, aumentando considerablemente el plazo de entrega. Así, los habitantes de Los Ángeles, por ejemplo, supieron que el estado de California había sido admitido en la Unión seis semanas después del hecho.

El telégrafo y el ferrocarril aún no habían llegado al Oeste, y se hizo necesario un nuevo método para hacer llegar el correo con más premura. La única solución posible en aquellos días de 1860 pareció ser un enlace postal a caballo. Los padres de la idea fueron los principales socios de una empresa de diligencias, especialmente William Russell (1812-1872), y la iniciativa obtuvo el apoyo federal. De ese modo se inició una carrera contra el tiempo que serviría para demostrar si era posible realizar la ruta entre Missouri y California, más de 3.100 kilómetros a través de montañas, praderas y desiertos, en menos de diez días. Eso significaba que los jinetes deberían galopar a toda velocidad durante el trayecto y reeemplazar los caballos con frecuencia, aproximadamente cada 16 kilómetros según estimaciones. Con el objetivo de cumplir con estos requisitos, se construyeron 190 casas de postas a lo largo de toda la ruta para efectuar los relevos, con personal de apoyo, guardias y provisiones.

Russell y sus socios tuvieron que adquirir más de 400 caballos aptos para el servicio, resistentes y rápidos, pero faltaban los jinetes, el otro elemento imprescindible y crucial. La compañía puso un anuncio en marzo de 1860 en estos términos: El Pony Express necesita jinetes jóvenes, delgados (no podían sobrepasar los 56 kilos de peso), resistentes, a ser posible no mayores de 18 años, dispuestos a asumir riesgos mortales casi a diario, y preferentemente huérfanos. El sueldo era de 25 dólares a la semana, nada desdeñable para aquella época, y no fueron pocos los voluntarios que se presentaron a cubrir las poco más de 80 vacantes. A cada uno de ellos se le hizo entrega de una Biblia, y se le tomó compromiso de no blasfemar, no emborracharse y no pelearse con los compañeros.


El primer viaje se efectuó el 3 de Abril de 1860, cuando dos jinetes salieron desde los dos extremos de la línea simultáneamente, un recorrido que fue seguido con atención por la prensa de la época y que gozó de gran popularidad. Prescindiendo de diligencias y usando rutas más cortas, los jinetes del Pony Express consiguieron llevar hasta 70 kilos de correspondencia en 8 días, desde St. Joseph a Sacramento, a unos 2900 km de distancia.

El jinete cambiaba de caballo en cada posta y él mismo era relevado cada cinco o seis cambios, tras recorrer unos 100 km. Cuando se aproximaba a una de las estaciones de relevo ya le aguardaba su nueva montura debidamente preparada, a la que subía al salto tras coger y colocar su mochila con el correo, una alforja de cuero que no podía sobrepasar los 9 kilos de peso. El cambio se efectuaba en menos de treinta segundos. Debían cabalgar también durante la noche, sin más iluminación que la luz de la luna, y sufrir las inclemencias del tiempo. Además, para no sobrecargar de peso a los caballos, sólo se les permitía llevar un único revólver para enfrentarse a indios, bandidos o animales salvajes. Era un trabajo muy duro y fueron muchos los que abandonaron tras un primer viaje, al constatar sus peligrosas y agotadoras condiciones.

El más joven de los jinetes que formaron parte del Pony Express fue “Bronco”Charlie Miller, que tenía 11 años de edad cuando ingresó en la compañía, y el más famoso fue sin duda William F. Cody“Buffalo Bill”, que se incorporó a los 14 y que protagonizó una de las hazañas que marcaron la historia del Pony Express: al encontrar muertos en las paradas de postas a dos de los jinetes que debían sustituirle, realizó él solo el recorrido que les habría correspondido: 615 kms en 21 horas y media. Pero no fue el único héroe de aquella aventura, otros protagonizaron hechos semejantes. Como Robert Haslan, apodado “Pony Bob”, que tras salir ileso de un enfrentamiento con los indios paiutes, batió los récords de velocidad y distancia de toda la historia del Pony Express: 140 kms. en ocho horas y diez minutos. Esas proezas despertaron la admiración de sus coetáneos, quienes veían pasar con entusiasmo y expectación la carrera de aquellos rápidos jinetes.


Con la extensión de las líneas de comunicación, primero del telégrafo y más tarde del ferrocarril, el Pony Express tenía los días contados. La compañía, que había cambiado de manos en marzo de 1861, llevó a cabo su último viaje el 21 de noviembre de ese mismo año. Había durado poco más de año y medio y se había saldado, pese a su éxito como servicio postal, con un gran fracaso económico. La leyenda afirma que en su historia tan sólo llegó a perder una saca de correo.


Con la colaboración de Pilar Alonso Márquez



Los que siguen este blog saben bien de su poco apego por la actualidad. Sin embargo, hay ocasiones en que no es posible desdeñar el cruce con el pasado.

La Creedence Clearwater Revival lleva tiempo clamando por ocupar un espacio por aquí. Hoy por fin lo tendrán, al hilo del nuevo disco de John Fogerty, con el breve esbozo del descubrimiento de ambas figuras y nuestra fe en el country rock.
Sí, amigos, creo en la CREEDENCE. Hoy toca revival.


Para los despistados decir que John Fogerty es uno de los grandes compositores de rock americano de todos los tiempos, y la Creedence Clearwater Revival, la banda de rock más emblemático de los últimos 60' y principios de los 70', uno de los mejores grupos de toda la historia de la música popular, incluído en el Salón de la Fama del Rock desde 1993. Un estandarte genuinamente americano de libertad y rebeldía generacional asociado con la tradición y el clasicismo rockeros, una idea de América asimilada generosamente en bandas sonoras de películas como 'Apocalypse Now', 'La Jungla de Cristal', 'Forrest Gump' o 'El Gran Lebowsky', entre otras.






A mis efectos, conocí a John Fogerty de la mano de mi amigo Jess, que vivía al fondo de la calle. En el tiempo de aquella adolescencia, Jess podía ser tomado solo por gracioso y ocurrente, alguien sin cuyo concurso no había fiesta ni algarada, pero era un tipo tímido, con muchas lecturas, íntegro y perspicaz, y eso hacía que todos le tuviéramos en cuenta. El caso es que Jesse, que se pretendía más sudista que las barbas de Lee, se presentó un día con un radiocasette por el Instituto haciendo gracietas como acostumbraba. De las entrañas del cacharro brotaban añejos sonidos de guitarras eléctricas y una voz hippilonga que no me dejaron indiferente. Aquel tipo que daba vueltas en la cinta era John Fogerty, me ilustró Jesse. Sonaba 'Big Train To Memphis', según supe más tarde. Yo no tardé dos minutos en subirme al expreso y secundar a mi amigo en su ronda. Tiempo después, creo recordar que el convoy a Memphis descarriló un día de tanto dar vueltas en el reproductor de mi casa. Hablando de trenes, ¿no oyen acercarse el 'Especial de Medianoche'?






Años más tarde volví a celebrar a Fogerty sin reconocerle. Los días empezaron a correr algo más deprisa, en medio de la calma y la incertidumbre. Johnny continuaba girando una y mil veces en las cassettes como líder de la gran Creedence Crearwater Revival, pero entonces sonaba a bordo del coche de Randy, otro pájaro a tener en cuenta. Aquel rock brumoso, de pantano y gasolinera, aquella melodía con efluvios a yerba y pantalones de campana, aquel sonido metálico, la voz desgarrada del mismo Fogerty, como salida de lo profundo de un intrincado alambique clandestino... esa era la sintonía que daba alas al pequeño utilitario de Randy o anunciaba nuestra llegada a bares y tabernas. Nos acompañaba una aureola de bendita libertad, despreocupación y rudeza rockera. Hizo calor aquel verano del 91, pero no pasamos sed.

La Creedence no dejó de sonar en adelante, concienzuda y pertinazmente, sugiriendo historias, ambientando bocetos y proyectos. Ahora los reconocía en la banda sonora que tantas veces acompañaba en la pantalla, como ya habían pasado a formar parte de la mía, solo que sin chopper ni guerrera del Vietnam. Tampoco hacía falta. Llegué a aprenderme cada nota y estribillo de 'Green River', 'Fortunate Son', 'Have you ever seen the rain?', 'Proud Mary', 'Born On The Bayou', 'Suzie Q', 'Lookin' Out My Back Door' o 'Run Through the Jungle'. ¿Conocen ésta?. Dicen que cuando los Creedence acabaron a tiros, acusaron al fenómeno de Johnny Fogerty de agenciársela como 'The Old Man Down the Road', lo que devino en nuevos pleitos. Ambas son geniales pero yo prefiero al 'Viejo'.






El caso es que anuncian que vuelve John Fogerty, a propósito de su 68 cumpleaños. El alma de la Creedence Crearwater Revival publicará a finales de Mayo de 2013 su nuevo álbum, 'Wrote A Song For Everyone', una recopilación de famosos temas del grupo y algunos inéditos. Lleva toda la vida haciéndolo, a los clásicos no les hace falta reinventarse. En esta ocasión contará con la colaboración de algunas figuras de la música Americana actual, como Brad Paisley, Alan Jackson, Miranda Lambert y Keith Urban, entre otros. El disco se llama como el tema que la CCR incluyó en 1969 en el tercer álbum de la banda, 'Green River'.

No cabe duda que será un gran recopilatorio, lo tiene todo hecho. La vieja Creedence volverá por sus fueros y una legión de veteranos rockers dejaremos suspiritos en el aire al escuchar a John Fogerty retumbar desde el fondo del alambique mientras conducimos, hacemos la compra o chequeamos el desempleo. Será todo un éxito si logra incorporar nuevos creyentes, lo que es seguro es que ya nunca abandonarán la compañía del Agua Clara. Una fe que nunca es tarde para abordar, reeditar y revivir, con la excusa que se prefiera. 








En 1810, un colorido grupo de ambiciosos colonos anglo-norteamericanos declaró a la franja occidental de la Florida española como una nación independiente. Nacía la República de Florida Occidental, cuyo territorio se extendía desde el río Mississippi hasta el río Perdido, actual frontera entre los estados de Alabama y Florida
Esta es la historia del evento más pasado por alto en la historia de Norteamérica.


LUISIANA Y LAS DOS FLORIDAS
En 1803, James Madison, por entonces Secretario de Estado del gobierno de Thomas Jefferson, condujo la negociación de la transferencia del territorio tras la compra de Louisiana, la operación por la que los Estados Unidos compraron la colonia a Napoleón Bonaparte. Es oportuno aclarar que a su vez La Luisiana había sido cedida en secreto a Francia por Carlos IV de España tan solo un par de años antes, en 1800, intercambiada por un reino en Italia donde coronar a un príncipe de la familia y bajo el acuerdo de retrocesión o una opción preferencial para España, si Francia resolvía deshacerse de ella. De este modo, su compra por parte de Estados Unidos fue una operación de dudosa legalidad, aunque eso no evitó las graves consecuencias que el acuerdo originaría a nivel mundial. EE.UU. duplicó su tamaño de una tacada, fagocitó hacia los recursos del oeste su gran potencial industrial y demográfico y definió sin ambajes su preponderancia en el continente. De todos los detalles del asunto dimos pormenorizada seña en nuestra serie de artículos sobre EL MAYOR NEGOCIO DE LA HISTORIA (parte 1 http://bit.ly/R3aSZt, parte 2 http://bit.ly/R3btuf, parte 3 http://bit.ly/MHlWYT).

No obstante a la inmensidad del territorio adquirido (2.144.476 km2), la venta no incluyó la totalidad del territorio asimilado más tarde como el estado de Louisiana. De hecho, la Corona española continuó administrando una delgada franja de tierra costera que se extendía desde la orilla este del río Mississippi a la península de Florida, la llamada Florida occidental, una tierra que Estados Unidos optó por considerar interesadamente como parte de la compra hecha a Napoleón, y de la que reclamaron a España su cesión, sin éxito.

España por su parte ya había cedido anteriormente a las pretensiones americanas, aceptando el paralelo 31 de latitud norte como frontera, contra su postura inicial del límite otorgado por Francia en 1764, al tomar posesión de la provincia francesa. Tras la compra de Louisiana en 1803, los Estados Unidos comenzaron a insistir en reclamar el territorio comprendido entre los ríos Perdido y Mississippi. Los españoles objetaron que esa porción de tierra era la provincia de Florida occidental, recibida de Gran Bretaña a raíz del Tratado de París de 1783, y que nada tenía que ver con el territorio intercambiado con Francia. En fin, un complicado cruce de intereses y adquisiciones, a cuatro bandas.

Precisamente, fue la administración británica quien dividió en dos la colonia: la Florida occidental (continental y ribereña del Mississippi, con capital en Baton Rouge) y la Florida oriental (el total del territorio penínsular y capital en San Agustín). Al regreso de los españoles la división administrativa fue respetada pero, para su desgracia, ambas provincias y en particular la Florida occidental, estaban habitadas por una mayoría de colonos anglos, escoceses e irlandeses, incluídos muchos de los refugiados leales a Gran Bretaña durante la Revolución Americana, que habían huido a la región o se habían establecido en ella durante la soberanía británica. Mientras España estuvo a orillas del Mississippi no existieron tensiones importantes, pero la situación cambió cuando las Floridas quedaron aisladas entre el mar y el abrazo por tierra de los Estados Unidos de América.

Sin embargo, las presiones no fueron a mayores. Jefferson pensó que no valía la pena desafiar militarmente a España por La Florida, al anticipar estratégicamente que la afluencia de colonos de habla inglesa, mantenida en el tiempo, haría inevitable la absorción del territorio por los EE.UU.: una práctica que les reportaría magníficos resultados y ya no abandonarían hasta llegar al Pacífico.

Lentamente, mientras España se veía obligada a detraer recursos para afrontar sus desafíos desintegradores, europeos y americanos, multitud de nuevos inmigrantes norteamericanos penetraron y se establecieron en la Florida occidental, con la aquiescencia de su gobierno. William Claiborne, entonces gobernador del denominado como territorio de Orleans, en la orilla oeste del Mississippi, y más tarde el primer gobernador del estado de Louisiana, había dicho respecto a la población de la Florida occidental: "Son una masa tan heterogénea de lo bueno y lo malo como nunca antes se ha visto en región alguna".

THE LONE STAR OF WEST FLORIDA
El antiguo presupuesto de Jefferson se hizo franca realidad con el soporte añadido de la revuelta hispanoamericana. Por 1810 corrían días de cambio y agitación en toda la América hispana. La inacción española precipitaba el asalto a sus posesiones desde todos los frentes. James Madison, ahora en la Presidencia, se impacientaba sin llegar el momento en que las codiciadas piezas de las Floridas callesen al seno de la Unión

Sin embargo, Madison no era el único en hacer planes sobre la debilidad española. En la orilla este del Mississippi, una camarilla entre la élite de los hacendados y propietarios de la Florida occidental se reunió en secreto en un hotel del centro de St. Francisville, a mediados de febrero de 1810. El motivo del cónclave no era otro que trazar el plan para una sublevación que habría de llevarles a la independencia de España. Tras meses de conspiración taimada su determinación les llevó, un 23 de septiembre, ante la escasamente defendida fortaleza española en Baton Rouge. Una multitud de insurrectos enarbolaba amenazadora su enseña, una estrella blanca sobre un campo azul, la llamada "Bonnie Blue". Sin mayor contratiempo, la bandera de la naciente República de Florida Occidental ondeaba al caer la tarde sobre la sede del poder colonial. 

Saint Francisville, hoy en Louisiana, fue designada capital de la West Florida Republic, la primera república de la estrella solitaria en América del Norte, siendo nombrado como su primer presidente un ex diplomático estadounidense que había ayudado a negociar la compra de Louisiana, llamado Fulwar Skipwith. Skipwith, tal vez el único de los líderes de la rebelión que no parecía movido por el afán de robar nuevas tierras o la excitación de la aventura, tenía un buen historial de servicios y mundo a sus espaldas, justo lo necesario para liderar la joven nación. De acuerdo con la Constitución promulgada, a imagen de la de EE.UU., el nombre oficial del país fue el de "Estado de la Florida", por cuya independencia Skipwith realizaba encendidos votos:
Fulwar Skipwith

"Tenemos derecho a la independencia, y donde la voz de la justicia y de la humanidad pueda ser escuchada, nuestra declaración y nuestros justos derechos serán respetados", exclamó.
Aunque en sus pronósticos tampoco engañaba a nadie: "Pero la sangre que corre por nuestras venas, como los afluentes que forman y sostienen al padre de los ríos, que rodea nuestro país encantador, volverá si no es impedido, hasta el corazón de nuestra madre patria".


LA FUERZA HACE LA UNION
Seguramente los residentes de la Florida Occidental no emplearon mucho tiempo en saborear las glorias de su independencia nacional. Tácitamente albergaban la intención final de convertirse en americanos, aunque esperanzados en hacer valer entonces sus propios términos y plazos. Su decepción no se demoró demasiado. 


W. Claiborne
El 27 de octubre de 1810, bajo las órdenes claramente inconstitucionales del presidente Madison y pese a las protestas del gobierno Skipwith, el gobernador W. Claiborne envió tropas al otro lado del río para dar cuenta de la capital de la nueva nación y ejecutar manu militari su anexión a los Estados Unidos. Skipwith había proclamado que estaba dispuesto a "morir en defensa de la bandera de la estrella solitaria". Llegado el trance, él y su gobierno no tuvieron otra opción que plegarse y aceptar la proclamación unilateral de Madison. No existieron negociación ni reconocimiento alguno, solo acatamiento. La República de Florida Occidental había durado tan sólo 74 días.

La argumentación principal esgrimida fue que los Estados Unidos consideraban el territorio como parte de su adquisición de Louisiana. Además invocaron salvaguardar su integridad y conjurar el peligro potencial de una invasión extranjera, al ponerlo bajo su soberanía. Los Estados Unidos tomaron posesión de St. Francisville el 6 de diciembre de 1810, y de Baton Rouge el 10 de diciembre de 1810. Sus distritos se incorporaron al recién formado territorio de Orleans

Dominar la totalidad de la franja llevó a los norteamericanos hasta la ciudad de Mobila (Mobile, Alabama), al este, donde la "Bonnie Blue" aún no había tenido ocasión de ser izada. La ocupación de sus defensas fue truncada por la negativa del comandante español a entregar el fuerte voluntariamente, constituyéndose hasta su caída, dos años después, en el último reducto español en la Florida occidental. Los EE.UU. anexionaron el distrito de Mobile al territorio de Mississippi en 1812.


Los españoles elevaron protestas diplomáticas sobre la anexión de la parte occidental de la Florida occidental, pero su debilidad no les facultaba para más. España continuó administrando el resto de la colonia (entre los ríos Perdido y Apalachicola, con capital en Panzacola -Pensacola, Florida) hasta 1819, en que por el Tratado Adams-Onís tuvo que ceder ambas Floridas a los Estados Unidos a cambio de la renuncia a reclamaciones estadounidenses sobre Texas, donde igualmente los EE.UU. habían planteado controversias al querer adjuntarla a la magnífica compra de Louisiana. Su osadía se desbordaba a medida de sus éxitos.

La sorna de algunos historiadores cita en la anexión de la efímera república floridana el primer gesto del imperialismo yanqui, el primer fruto de la Doctrina del Destino Manifiesto, la ideología en la que el gobierno de los EE.UU. basó su expansión por el resto de América del Norte. Aunque excesiva, no es una opinión descabellada plantear que ni España, ni Canadá, ni México, fueron las primeras víctimas del imperialismo estadounidense, sino que, al menos por unos días todo comenzó allí, con el ocaso de la fugaz estrella solitaria de la Florida Occidental. Ya hemos visto como le fue a España. Dos años más tarde, bajo el pretexto de difundir la democracia, Madison enviaba tropas a Canadá con la intención de anexar Ontario y apoderarse de sus minas. Daba inicio la Guerra de 1815 contra Gran Bretaña.

Durante 74 días, la pequeña ciudad de Saint Francisville, Louisiana, fue la capital de la West Florida Republic, una pequeña nación en el subcontinente de América del Norte. Hoy allí, un monolito coronado con una estrella y un número creciente de "Bonnie's Blue" ondeando sobre porches y garajes, recuerdan aquella breve aventura. Con el descubrimiento de este detalle de su historia e identidad particulares, la gente del sureste de Louisiana, el sur de Mississippi y Alabama, disponen de un hito con el que significarse colectiva y culturalmente: la anécdota de 74 días de rebelión. 


Algunas fuentes:
http://www.bbc.co.uk/news/magazine-18418696
http://en.wikipedia.org/wiki/West_Florida
http://www.knowla.org/entry.php?rec=755




Pocos procesos históricos son capaces de aglutinar una aureola tan mítica y favorable como el ansia de libertad que prendió mecha a la Revolución Mexicana

Un legítimo empeño de dignidad, trabajo y justicia social impulsado por varios movimientos socialistas, liberales, anarquistas, populistas y agrarios, que derivó de mala manera, desde la oposición contra el orden establecido hacia violentas luchas por el poder para acabar transformado en una larga guerra civil. Un extenuante proceso que vino a costar en torno a un millón de vidas humanas y no se cerró formalmente hasta la década de los 40. A cuenta de la persistencia de algunas de aquellas desigualdades hay quien afirma hoy que la Revolución todavía está en marcha... 

De lo que no hay duda es que constituyó la implosión del régimen dictatorial de Porfirio Díaz por una sucesión de breves presidencias, levantamientos, planes, liderazgos y sangrías que llevaron a México desde la tiranía del dictador omnímodo a la 'modernidad' del partido único, el PRI, que acapararía el poder hasta casi terminar el siglo XX. Además de alumbrar una cosmografía mesiánica en torno al caudillaje y los procesos revolucionarios que ha dejado honda huella y aún hoy impregnan el imaginario colectivo de Hispanoamérica.


30 Años de PORFIRIATO
La Revolución llegó a México para poner fin a un insoportable sistema de opresión y desigualdades sociales, tras un siglo de independencia en el que las oligarquías agrarias y el concurso de las potencias industriales extranjeras habían perseverado en la servidumbre del pueblo y la corrupción institucional. Desde 1876 el general oaxaqueño Porfirio Díaz, antiguo héroe de la Guerra de la Intervención Francesa, imponía una férrea dictadura. No obstante, durante los últimos 30 años México experimentó cierto crecimiento económico, fruto de la estabilidad política proporcionada por el dictador, el expolio de las materias primas y la explotación de los estratos más desfavorecidos de la sociedad, para beneficio de una minoría de aristócratas del régimen y familias de potentados rurales.

La ausencia de democracia y cauces representativos, la injusta distribución de la tierra y riquezas del país, la explotación sistemática de los trabajadores, la corrupción política y administrativa y hasta el estancamiento cultural de México, convergieron para que los círculos opositores al régimen porfirista depositasen sus esperanzas en la candidatura de Francisco I. Madero, un hacendado de Coahuila fundador del Club Democrático Benito Juárez y autor del libro 'La sucesión Presidencial en 1910'

Por su parte Díaz, embargado por salvar su larga trayectoria dictatorial trataba de asimilar el sentimiento popular en México, al comprometerse públicamente a permitir la creación de partidos políticos que presentasen candidatos a la elección de un nuevo presidente en los comicios previstos para junio de 1910, anunciando que no presentaría su reelección. Madero aprovechó esta postura de Porfirio Díaz y realizó diversas giras en el país con idea de formar un partido político que eligiera a sus candidatos en una asamblea nacional y compitiera en las elecciones. Tras la fundación de su propio partido se postuló como presidente y candidato del mismo, adoptando la postura Antirreeleccionista, en contraposición al partido Reeleccionista organizado por Díaz, quien ya se había desdicho de sus primeras intenciones para volver a optar a la Presidencia de la República.

A continuación, poco antes de las elecciones, Madero fue arrestado por sedición acusado de haber pronunciado un discurso injuriando al Presidente. Fue encarcelado en Monterrey y posteriormente trasladado a San Luis Potosí. Con Madero fuera del escenario Porfirio Díaz no tuvo inconveniente alguno para salir reelegido Presidente de México. Solo después sería puesto en libertad bajo fianza con la prohibición de abandonar el país. Pero a principios de octubre Francisco Madero logró escapar a San Antonio, Texas, donde reunió a partidarios y allegados, y lanzó el manifiesto conocido como Plan de San Luis Potosí, denunciando el fraude electoral, desconociendo los poderes constituídos y convocando al pueblo a la insurrección armada, además de exhortar a la sublevación al Ejército Federal para derrocar al sátrapa. La fecha señalada fue el 20 de noviembre de 1910



La hora de MADERO
El primer episodio armado de la insurrección tuvo lugar el 18 de noviembre cuando Aquiles Serdán, encargado por parte de Madero de organizar la Revolución en Puebla, fue detectado y rodeado en su casa por un ejército de 500 soldados, a cuyo asalto resistió hasta la muerte. A pesar de este revés la Revolución logró prender en Chihuahua, asumida por las clases populares y las zonas rurales, para extenderse luego a los estados vecinos de Sonora, Durango y Coahuila

Tras varias batallas entre las tropas del régimen y los sublevados, Porfirio Díaz fue derrotado y, alarmado por las proporciones tomadas por la revuelta, intentó negociar sin éxito. Cuando los revolucionarios tomaron Ciudad Juárez, en la frontera con Estados Unidos, el viejo dictador buscó salvar una salida honrosa presentando su renuncia, abandonando el país y exiliándose en Francia.

Después de seis meses de lucha la revolución maderista había triunfado. Madero, apoyándose en los Tratados de Ciudad Juárez, negoció el poder colocando en el gobierno interino a varios de sus hombres y convocó las siguientes elecciones para 1911. Como Madero no deseaba incurrir en ninguna ilegitimidad decidió que Francisco León de la Barra fuese nombrado Presidente Interino hasta su previsible triunfo, aunque este interinato sólo provocó discordias entre algunos revolucionarios. 

Comitiva triunfal de Madero
Al cabo de la insurrección contra la dictadura y la reelección de Díaz, la revuelta surgida como única opción del movimiento Antirreeleccionista, urbano y de clase media, había derivado en rebelión popular y rural, dando voz a nuevos líderes ajenos a la disputa política pero encandilados por una rápida victoria y seducidos por el poder y la diplomacia de las armas. Personalidades como Pascual Orozco (arriero comerciante) Francisco Villa (bandido y buscavidas) o Emiliano Zapata (domador de potros y jornalero), entre otros, levantaron el entusiasmo de rancheros, vaqueros, mineros, artesanos, campesinos, obreros o indígenas, de un lado a otro del país, la mayoría con muy poco en común con la figura del acomodado Madero. 

Así, Francisco I. Madero resultó vencedor en las elecciones y tomó el poder, en medio de fuertes tensiones disgregadoras. Las discordancias revolucionarias comenzaron a enfatizarse a escasos veinte días de haber accedido a la Presidencia. Como para Madero la Revolución no podía apartarse del camino trazado por la Ley y sólo mediante ella deberían encauzarse los problemas de la nación, exigió que se depusieran las armas, lo que soliviantó al líder mestizo Zapata de una causa que sentía traicionada. Emiliano Zapata se negó a licenciar a sus tropas sin que Madero asumiese primero sus condiciones. Al frente de su Ejército Libertador del Sur lanzó el grito de “Tierra y Libertad” y el Plan de Ayala, argumentando que el primer punto a resolver era la reforma agraria y el reparto de tierras. El Presidente envió al Ejército Federal contra Zapata, advertido de no excederse en la represión.

La situación nacional se hizo más compleja. Se produjeron sucesivos levantamientos armados que trasladaron un clima de inseguridad inquietante para los dueños del poder económico, alteradas la paz y la seguridad esenciales para su prosperidad. La legalidad y el deseo de acuerdo de Madero fueron interesadamente entendidas como fragilidad y temor. Entre las élites financieras, de terratenientes y las empresas extranjeras se extendió la opinión de la incapacidad del Presidente para embridar al país y la necesidad de una acción enérgica contra su gobierno. La legación diplomática estadounidense, resentida con Madero por no favorecer sus aspiraciones comerciales, ayudó a fraguar un plan para derrocarlo. Fue entonces cuando apareció en escena el general Victoriano Huerta, quien había sido encomendado por el gobierno maderista para sofocar la rebelión de Pascual Orozco, sublevado tras quedar marginado del reparto de poder en el norte. Después de vencer al orozquismo había alcanzado la gloria de héroe nacional y ganado además la confianza del Presidente.    
        
Madero y Pino Suárez
Una nueva insurrección a las puertas de la capital de México puso contra las cuerdas al Gobierno. En enero de 1913 tuvo lugar la llamada Decena Trágica, diez días de bombardeos y combates en la ciudad de México que colocaron al general Huerta en situación de defender la capital y la Presidencia de la Nación. Sin embargo, practicando un doble juego urdido por el embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson y en complicidad con Félix Díaz, cabecilla de la sublevación y sobrino del exiliado Porfirio Díaz, mantuvo engañado al Presidente a quien supuestamente defendía, cuando en realidad se había comprometido a derrocarle. Fue el denominado como Pacto de la Ciudadela o de la Embajada, por el cual se establecía el compromiso de Huerta de apresar a Madero, disolver el Ejecutivo para tomar la Presidencia de la República de forma provisional y facilitar que Félix Díaz saliese victorioso en las siguientes elecciones. 

El plan fue un éxito, Madero resultó apresado y forzada su renuncia. El 22 de febrero de 1913, mientras era trasladado a la penitenciaría de Lecumberri, Francisco I. Madero fue asesinado por la espalda, en aplicación de la “ley de fugas”, junto al Vicepresidente Pino Suárez


HUERTAS y los tigres del Norte
Poco después de los sucesos desgraciados de la Decena TrágicaHuerta sería designado Presidente. No le tomó mucho tiempo instaurar una dictadura militar y suprimir la democracia, con la aprobación de los grandes hacendados, los altos mandos militares, del clero y de casi todos los gobernadores, salvo los de Sonora y Coahuila. Sin embargo su débil apoyo social (conocida y pública su traición para hacerse con el poder), su vinculación a los intereses de los Estados Unidos y su desmembramiento del aparato constitucional, le granjearon una opinión pública desfavorable y la reacción en contra de varios jefes políticos, militares y revolucionarios, e incluso la antipatía del nuevo Presidente norteamericano Woodrow Wilson

Poco después del ascenso de Huerta al poder, Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila alzado en armas, fue tomado por los revolucionarios como jefe del proclamado Ejército Constitucionalista con el objetivo de restablecer el orden constitucional, según el plan trazado en la hacienda de Guadalupe

Un año de lucha en el norte irridento (donde con sus éxitos militares cobró fuerza el liderazgo de Francisco 'Pancho' Villa), la ocupación estadounidense de Veracruz, la toma del núcleo ferroviario de Zacatecas por las fuerzas constitucionalistas y su posterior avance hacia la capital, fueron acontecimientos que precipitaron al general Huerta a renunciar a la Presidencia y huir del país en 1914. Paradójicamente, el final le esperaba en la prisión de El Paso, en Texas, dos años más tarde de su detención por aquellos a quien se comprometió en favorecer, los Estados Unidos.

La Revolución fue un conflicto mayoritariamente norteño. En el sur, su lejanía con los Estados Unidos (en donde se obtenían armas y suministros), de los principales frentes de batalla y de la difícil orografía y comunicaciones con el resto del país, ocasionó que el conflicto armado no pasase de simples escaramuzas ni la causa contase con gran aceptación. En cambio en el norte, un sinfín de caudillos, generales y guerrilleros se abrieron paso a sangre y fuego hacia la leyenda. En el estado de Sonora, los generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles habían brindado su apoyo a Carranza de manera inmediata, en representación de la clase media, mientras que en Chihuahua la adhesión al bando huertista de Pascual Orozco provocó el ascenso de Pancho Villa, miembro de las clases bajas con gran ascendencia en los sectores populares de la región. 


CARRANZA contra todos 
Carranza, Jefe de la Revolución de acuerdo con el Plan de Guadalupe, convocó a todas las fuerzas a la Convención de Aguascalientes para nombrar un líder único. En esa reunión Eulalio Gutiérrez fue designado Presidente del país, pero las hostilidades se reanudaron cuando Carranza no reconoció el acuerdo, en oposición a las aspiraciones de Villa y Zapata

Villa y Zapata, una alianza fugaz
A partir de aquel desencuentro se profundizaron las diferencias entre las facciones que habían luchado contra Huerta, lo que desencadenó nuevos conflictos. Gutiérrez no tardaría en dimitir ante las presiones de los caudillos. Tras derrotar a la Convención, los constitucionalistas iniciaron los trabajos para la redacción de una nueva Constitución y llevar a Carranza a la Presidencia en 1917. Mientras tanto, la fraternidad de los caudillos revolucionarios se había revuelto en enemistad y lucha encarnizadas. Villa contó sus batallas por derrotas frente al general carrancista Álvaro Obregón, mientras Zapata permanecía a la defensiva en su refugio de Morelos.

Emiliano Zapata
Para 1917 se promulgó la Constitución en la ciudad de Querétaro y Venustiano Carranza se convirtió en el primer Presidente en gobernar bajo un régimen constitucional. Desde el gobierno Carranza se empeñó en hacer posibles las transformaciones sociales y económicas que el país necesitaba, lo que influyó en consolidar su prestigio y posición. Sus prioridades pasaban por lograr la unidad revolucionaria, fortalecer la imagen de su gobierno en el extranjero y poner término a los brotes de insurrección. Carranza gobernó de 1917 a 1920, aunque no logró pacificar del todo el país. Más al contario, la lucha entre la distintas facciones estaba lejos de concluir y los levantamientos continuaron: villistas en el norte, zapatistas en el sur, los felicistas (los seguidores de Félix Díaz), las rebeliones en Chiapas, Oaxaca, Michoacán... algunas incluso, insurrecciones sin más bandera que el pillaje y el asalto al poder local. Carranza fracasó en dotar de una organización funcional y estable a la nación, decantado hacia medidas más enérgicas que retroalimentaron nuevas eras de violencia.


Ajuste de cuentas
En 1919 Zapata sería asesinado por orden de Obregón, el mismo año que éste, viéndose relegado de la sucesión por Carranza, promulgaba el Plan de Agua Prieta, sin reconocer al gobierno constitucionalista y proclamando la soberanía popular. Encuadrado en el denominado Grupo de Sonora se propuso la captura de la capital federal, lo que precipitó la huída de Carranza hacia Veracruz. Durante el trayecto, el Presidente fugitivo fue emboscado y asesinado en Tlaxcalantongo, Puebla, el 21 de mayo de 1920.

El control de los ferrocarriles resultó clave en el conflicto
Diez años después de iniciada la Revolución, en 1920, Madero, Zapata y Carranza habían muerto, aunque su legado era reivindicado ahora por quienes recogían el testigo de la gobernación de México. Por su parte Pancho Villa se había retirado de la vida militar tras los Convenios de Sabinas, con el reconocimiento a sus méritos guerreros y una hacienda en Chihuahua. Y fue allí donde resultaría asesinado en 1923, tal vez por el mismo verdugo que Zapata, el general Álvaro Obregón, al frente entonces de la etapa final revolucionaria. 

Auspiciado por su prestigio como hábil militar y estratega, Obregón se esforzó por otorgar sus legítimos derechos a obreros y campesinos, haciendo crecer su apoyo popular y asentando las bases de un esquema político diferente. Un sistema que formalizaría definitivamente Plutarco Elías Calles, en la Presidencia de la República tras el asesinato de Obregón en 1924. Como Calles aseguró, finalizaba la era de los caudillos y comenzaba el tiempo de las instituciones. En 1929 fundó el Partido Nacional Revolucionario, posteriormente llamado Partido de la Revolución Mexicana y finalmente Partido Revolucionario Institucional, el PRI, que se mantuvo en el gobierno del país por 70 años (...). 



                                                                                       
Estos fueron los principales hechos, caudillos y logros de una Revolución que conmocionó a América y al mundo hace más o menos un siglo, para quedar ligada por siempre al genio mexicano. Un tropel de apasionado idealismo, justicia social, lucha por el poder, sucias traiciones y venganzas cainitas, amparados en la historia como La Revolución MexicanaUna historia "bien chingona" como argumenta el desencantado revolucionario Jesús Raza (Jack Palance) en el genial western de Richard Brooks, 'Los Profesionales'.





Con el soporte de:
http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_mexicana
'La Revolución Mexicana', de Ramón Talavera Franco  


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