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De los intereses que se citaron para el Mayor Negocio de la Historia.

DOS VECINOS RUIDOSOS Y UN CASERO SENIL
Las 13 Colonias que en 1776 se unieron para declarar su independencia como país abarcaban una estrecha franja pegada a la costa oriental de los Estados Unidos excepto Florida. Los colonos ingleses, holandeses y alemanes que llegaron ahí desde el S. XVII se asentaron en una región limitada entre los Montes Apalaches y el Oceáno Atlántico pero desde los primeros tiempos de la colonia hubo exploradores que viajaron hacia el Oeste, cruzaron los Apalaches y alcanzaron el río Mississippi, emprendiendo la tarea de colonizar tanto el sur (hacia Florida) como el territorio entre el Mississippi y los Apalaches. Una vez consumada la Independencia en 1783, todo lo que era inglés pasó a formar parte de Estados Unidos y de un plumazo el Mississippi se convirtió en una frontera natural entre Estados Unidos y “otros países”, para denotar de esta manera ambigua a la parte Occidental del río, porque ni se conocía bien el terreno ni se podía identificar de una manera categórica a quien pertenecía.


Desde Europa se observaban las evoluciones de la nueva república con interés y displicencia. Gran Bretaña esperaba que vacilase y se fragmentase, sin dejar de alentar a las naciones indias para atacar a los colonos de los Estados Unidos. Francia, que había hecho causa común con ellos durante la Revolución Americana, tenía menos motivos para resentirse, y tenía menos interés material en el continente. Pero no tuvo reparos en la manipulación de su comercio para promover sus fines. España, todavía una potencia colonial a tener en cuenta, temía la expansión de los norteamericanos en sus colonias poco pobladas del norte. Los sagaces estadistas de la joven nación se dieron cuenta de que una sabia política exterior se basaba en una evaluación realista del poder europeo y en la forma en que se proyectaba sobre el propio interés de los Estados Unidos.

La ciudad de Nueva Orleans controló el río de Mississippi desde sus inicios. Nueva Orleans era ya importante a finales del siglo XVIII para el envío de mercancías y productos agrícolas desde la parte noroccidental de los Estados Unidos al oeste de los Montes Apalaches. Por el Tratado de Pinckney firmado con España el 27 de octubre de 1795, los comerciantes americanos obtuvieron (gratis total) “derecho de depósito” en New Orleans, o lo que es lo mismo, podían utilizar el puerto para almacenar las mercancías para la exportación. El tratado también reconoció el derecho americano de navegar el Mississippi, cada vez más vital para el comercio de sus territorios occidentales.

Mientras tanto se había producido la Revolución francesa y Napoléon Bonaparte, que ya se había enfrascado en sus primeras campañas por la dominación de Europa, se propuso también recuperar Luisiana. Bonaparte tenía hambre de establecer una importante presencia francesa en el Nuevo Mundo. Francia había sido expulsada de la rentable colonia de Santo Domingo (hoy Haití en el Caribe), que había suministrado en el pasado más de dos terceras partes de la materia prima para su industria azucarera. Restableciendo el control sobre la colonia rebelde se proponía disponer de un bastión desde el que proteger y abordar la colonización definitiva de la Luisiana. Originalmente había sido una posesión francesa, contaba todavía con una gran colonia humana en la zona y las relaciones de Francia con los nativos americanos seguían siendo fuertes. Por otra parte, miles de canadienses franceses se habían sido establecido en las fértiles tierras al Oeste del Mississippi.


En España reinaba Carlos IV. Tras haber tenido que ceder a Francia en la Paz de Basilea (1795) su parte de la isla de Santo Domingo, reanudó la anterior alianza con Francia en el tratado de San Ildefonso de 1796, por el que ambas naciones pactaron una alianza militar contra terceros países.

Bonaparte se encontraba sometiendo el norte de Italia, y el rey Carlos IV de España quería salvaguardar los derechos de sus parientes de la Casa de Parma con un territorio en Italia, aunque para ello tuviera que sacrificar algún territorio de su vasto imperio. El territorio salvaje de Luisiana, cedido por Francia a España en el tratado de Fontainebleau (1762) fue la contrapartida exigida por Napoleón. Según Livingston, enviado estadounidense a París, el primer cónsul vio en la colonización de la Luisiana “un nuevo Egipto, una colonia que equilibraría el establecimiento de los británicos en el Este“.

La amenaza de la cercanía de ese poderoso vecino planteaba un grave reto para la seguridad de los Estados Unidos: Francia y el Reino Unido proyectarían sus perennes e irresueltas rivalidades en Norteamérica, afectando así la estabilidad de la Unión y a sus perspectivas de prosperidad en el Oeste. La diplomacia estadounidense decidió entonces adoptar la política de demostrar “la preferencia que Estados Unidos daba a la vecindad con España sobre la de cualquier otra nación“

De no ser así, advertían: 
“Cualquier potencia, que no seamos nosotros, que posea el territorio al Oeste del Mississippi se convierte en nuestro enemigo natural“.


UN TRUEQUE TRUCADO
Finalmente, mediante la firma del 3º Tratado de San Ildefonso en 1803, Luisiana fue devuelta a Francia tras la presión ejercida por Napoleón Bonaparte. Desde la perspectiva histórica, el tratado fue claramente favorable a Francia: en aquella época, el territorio de la colonia española de Luisiana abarcaba una superficie 100 veces mayor que la de Toscana; a esta diferencia vendría a sumarse la pérdida española de Parma y la entrega a Francia de 6 navíos de guerra listos para el combate. Aunque no quedó recogido en el Tratado, la delegación francesa se comprometió a que en el caso de que Francia quisiera desprenderse de Luisiana, ésta sólo podría ser retrocedida a España y a ningún otro país. 

El desequilibrio del intercambio territorial fue debido sobre todo al deseo de los reyes de España de favorecer a sus hijos (el infante Luis, propuesto para rey de Etruria, era yerno de los reyes, por su boda con la hija de éstos María Luisa). El acuerdo sería duramente criticado por historiadores y contemporáneos, aparte de despertar las suspicacias del resto de colonias hispanoamericanas y promover el descontento de las élites criollas, que tomaron el canje por una prueba más de lo poco que importaban sus provincias a la metrópoli, dispuesta a servirse de sus destinos como un vulgar naipe siempre a merced del capricho Real. Con respecto a la valoración de los territorios intercambiados, Manuel Godoy, Primer Ministro de Carlos IV, aporta otro punto de vista desde sus Memorias:
"(Acerca de Luisiana) ...faltándonos los medios para procurarle un grande aumento en proporción con los demás dominios españoles de las dos Américas, no rindiendo utilidad a nuestra hacienda ni buscándola allí nuestro comercio, y ocasionando grandes gastos en dinero y en soldados sin ningún provecho nuestro, recibiendo en fin en cambio de ella otros estados, la devolución de la colonia lejos de ser un sacrificio, puede tenerse por ganancia.(...) Casi todo por hacer, un principio de vida solamente en aquellas regiones despobladas.
En la Toscana todo hecho, el cultivo perfecto, la industria floreciente, su comercio extendido, el clima sano y delicioso, las costumbres benignas, la civilización a un alto grado, país rico en monumentos y en prodigios de las artes, en preciosas antigüedades, en magníficas bibliotecas y en academias célebres; de habitantes cerca de un millón y medio; la renta del estado, por lo menos tres millones de pesos fuertes, sin ninguna deuda; su superficie cuadrada, seis mil quinientas millas".



Del mismo modo, no eran pocas las autoridades españolas interesadas en la cesión a Francia por motivos estratégicos, en la creencia que la fortaleza militar francesa convertiría a Luisiana en un territorio tapón entre España y los Estados Unidos. Sin embargo, la opinión general y pública no lo entendió así:
"Dícese que de resultas de un tratado ventajoso que hizo nuestro ministerio allá en San Ildefonso el año de 1800, tuvimos la gran fortuna de cambiar la provincia de la Luisiana nada menos que por el reyno de Etruria, sin otra adeala que dar seis navíos de línea "par dessus le marché". Creyóse entonces que los tales navíos iban allá para traerse embarcado el susodicho reyno; pero no sucedió así, porque desde entonces no hemos vuelto a ver ni reyno, ni navíos, ni Luisiana, ni Cristo que la fundó".

En esa época el presidente de EEUU era Thomas Jefferson, creador de la Declaración de Independencia, había sido embajador en Francia y guardaba simpatías por ese país. Poco después de que asumiese la presidencia en Marzo de 1801, su gabinete recibió información sobre el convenio secreto entre España y Francia. Esos rumores sobre la transacción desataron los temores de la administración norteamericana. Para ellos, era mucho mejor tener en el interior de América del Norte una nación de Europa en declive, como España, que una fuerte. Preocupados por las consecuencias que pudiese tener la cesión y procuraron obtener una información completa sobre el alcance de la operación entre los diplomáticos franceses y españoles en Washington, París y Madrid.

“Esta cesión está destinada a tener, y realmente puede producir, efectos lesivos para la Unión y la consecuente felicidad del pueblo de los Estados Unidos“.

Jefferson nombró al canciller Robert R. Livingston como ministro de los Estados Unidos en la capital francesa, con instrucciones para negociar con Francia, averiguar si la transacción había tenido lugar realmente y explorar, asimismo, las posibilidades de obtener la cesión de las Floridas. Puesto que se hizo evidente que el centro de los intereses estadounidenses era el puerto de Nueva Orleáns, Jefferson formuló una estrategia en el sentido de que si la transacción todavía no había tenido lugar, Livingston adquiriera las Floridas y Nueva Orleáns de las Españas a cambio de “garantizar su territorio allende el Mississippi“. Pero, en respuesta a la creciente certidumbre respecto a la cesión de la Luisiana, el presidente Jefferson lanzaba una advertencia:
“La cesión de la Luisiana trastoca completamente todas las relaciones políticas de Estados Unidos y constituirá una nueva época en nuestro curso político". 

LA LLAVE DEL RÍO
El objetivo de la negociación eran Nueva Orleans, el puerto crucial en la cabecera del río Mississippi y la llamada La Florida Occidental. "En el caso de esta misión, depende el destino futuro de esta república", afirmó. Los estadounidenses valoraron igualmente que la transferencia sería extremadamente peligrosa para el Reino Unido, pues “daría un poder ilimitado a su rival“ y sería una amenaza para las posesiones británicas en América del Norte y en las Indias Occidentales, por lo que también alertaron e influyeron ante Gran Bretaña.

“Hay en el mundo un solo lugar cuyo poseedor es nuestro enemigo natural y habitual. Es el puerto de Nueva Orleáns, a través del cual deben pasar al mercado los productos de tres octavas partes de nuestro territorio….Francia, colocándose en esa puerta, asume ante nosotros una actitud de desafío. España podría haberla retenido tranquilamente durante años“.

“...la ansiedad de los Estados Unidos por mantener la armonía y la confianza con la República Francesa, el peligro a que éstas estarían expuestas por los choques, más o menos inseparables, de una vecindad en tales circunstancias“. 

La guerra con Francia parecía inevitable para muchos estadounidenses a principios del nuevo siglo, pero la libre navegación del río Mississippi no podía ser obviada. El secretario de Estado James Madison advirtió que el río Mississippi lo era "todo" para los colonos occidentales. "Es el Hudson, el Delaware, el Potomac, y todos los ríos navegables de los Estados del Atlántico, formado en una sola corriente".

Jefferson creía que tratar de adquirir New Orleans por la fuerza sería arriesgado. Se esperaba que una nueva guerra entre Francia e Inglaterra condujesen a la venta de Nueva Orleans, sobre todo si Francia temía que los Estados Unidos se aliasen con Inglaterra, un punto que aconsejó enfatizar a sus diplomáticos. Al otro lado del Canal los diplomáticos y agentes americanos se hacían entender de esta guisa:
«La toma de posesión de la Luisiana nos sigue pareciendo una gran falta política de parte de Francia que debe provocar, a la primer guerra en la Europa, una ruptura entre Francia y los Estados Unidos y llevar a éstos y a Inglaterra a una alianza. Francia sólo permanecerá allí, dicen, el tiempo que pluguiese a los Estados Unidos; no creen que el asunto valga una guerra, pero será un acontecimiento que no se podrá evitar“.

Livingston solicitó formalmente información sobre la cesión, expresó su preocupación por el silencio oficial y propuso discutir algún tipo de acuerdo “para ayudar a las operaciones financieras de Francia y, mediante el establecimiento de una frontera natural fuerte, eliminar todas las causas de descontento entre aquélla y Estados Unidos“. Jefferson había ofrecido comprar por $ 2 millones sólo la región alrededor de la boca del río Mississippi, que incluía el puerto y la ciudad de Nueva Orleans.

Los intentos militares franceses por volver a tomar Santo Domingo, hechos a todo lo largo del año de 1802, aumentaron los temores entre los dirigentes estadounidenses, pues supusieron que una parte de las tropas sería distraída para ocupar la Luisiana. Delineando con claridad los elementos de su política exterior, Jefferson advirtió que la posesión francesa de la Luisiana:
“….que es emprendida como si nada, como un mero contrapeso en el arreglo de cuentas general, esta mácula que ahora aparece como un punto casi invisible en el horizonte, es el embrión de un huracán que se desatará en los países de ambos lados del Atlántico y abarcará en sus efectos sus más nobles destinos. La paz y la abstención de las interferencias europeas son nuestros objetivos, y así seguirá siendo mientras el presente orden de cosas en América permanezca sin interrupción“.

“La cesión de la provincia española de la Luisiana a la Francia, que tuvo lugar en el transcurso de la última guerra, modificará de tal manera la naturaleza de nuestras relaciones exteriores, si es puesta en práctica, que, sin duda alguna, tendrá una importancia adecuada en toda deliberación de la Legislatura relacionada con ese asunto“.

Puesto que la administración de Jefferson no podía poner en riesgo la adquisición de Nueva Orleáns, el presidente nombró a James Monroe, antiguo ministro en la Francia y gobernador de la Virginia, para emprender “el experimento de una misión extraordinaria…. (y) "ayudar en la salida de una crisis, la más importante que los Estados Unidos han enfrentado desde su independencia y que habrá de decidir su carácter y destino futuros“. En una sesión a puertas cerradas, también solicitó y recibió la autorización del congreso para emplear un par de millones de dólares “para comenzar una negociación con los gobiernos francés y español relativa a la compra de la isla de Nueva Orleáns y las provincias de la Florida Oriental y la Florida Occidental“. El congreso señaló:
“...esta solicitud (surgió) no de una disposición a aumentar nuestro territorio, pues ni las Floridas ni Nueva Orleáns ofrecen otros atractivos que su mera relación geográfica con los Estados Unidos “; aunque advirtió que llegarían a ser “ parte de los Estados Unidos, ya sea mediante la compra o mediante la conquista“.

 “...por la posición misma de nuestro país, por su forma geográfica, por motivos de independencia completa, el dominio de la navegación por el río debe estar en nuestras manos“.

A principios de Marzo del 1803, Monroe recibió instrucciones y partió con rumbo a la Francia. Para entonces, la combinación de varios sucesos ya había generado una actitud receptiva en la corte bonapartista. Los mejores soldados de Europa estaban sucumbiendo a la resistencia de los haitianos y las enfermedades en Santo Domingo y Bonaparte se empezó a dar cuenta de que su sueño de posesiones americanas estaba arruinando el Tesoro de Francia y sus otras perspectivas: "¡Malditas sean azúcar, café, ...malditas sean, malditas colonias". Con una guerra en ciernes contra Inglaterra, empezaba a cobrar sentido para Bonaparte vender Louisiana y utilizar las ganancias para invadir Inglaterra.

El éxito de los planes de Napoleón descansaba en la paz permanente con Inglaterra, la amistad con Estados Unidos, y una exitosa campaña en Las Antillas. Estos tres condicionantes resultaron fustrados. Los intentos militares por recuperar Santo Domingo habían fracasado y el mal tiempo había impedido la partida de más tropas expedicionarias; el gobierno galo enfrentaba una grave crisis financiera y la paz entre la Francia y el Reino Unido era cosa precaria y la reanudación de las hostilidades inminente; por lo demás, agentes norteamericanos se ocuparon de sugerir la amenaza militar de ocupar Nueva Orleáns y el establecimiento de una alianza anglo-americana como telón de fondo de las múltiples tentativas de Livingston por comprar Nueva Orleáns y las Floridas. Todas las consideraciones anteriores contribuyeron”en la crisis actual, a preparar en el gobierno napoleónico la disposición para prestar oídos a un convenio que, de una vez por todas, eliminaría una fuente de controversia extranjera“.

Francia decidió proponer una transacción que superaba las expectativas de los Estados Unidos: A través de Talleyrand ofreció todo el territorio de la Luisiana pues “sin Nueva Orleáns, el resto sería de poco valor“.

Aunque la respuesta inicial de los negociadores norteamericanos fue negativa al exceder ampliamente la oferta aquello que habían sido autorizados a firmar (tan solo se les pedía asegurar Nueva Orleans y el lado oeste de Florida), ante la posibilidad real de adquirir el dominio cabal sobre las dos riberas del Mississippi y su salida natural, los enviados estadounidenses decidieron más tarde prestar atención a la oferta y entablar las negociaciones sin esperar nuevas órdenes oficiales de su gobierno.

Después de dos semanas de negociaciones y discusiones de los borradores, el 30 de Abril de 1803 se firmó el Tratado de Cesión de la Luisiana. Poco después, París y Londres reanudaron las hostilidades.

(Continúa en


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Publicado por Manuel Piñero *

Alma de Frontera es un blog personal donde comparto impresiones, historias y temas basados en la cultura popular de Norteamérica.

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